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Un hombre ajusta detalles a un carro alegórico de la escuela de samba
Grande Río, en medio de los preparativos del Carnaval de Río que tendrá
lugar el próximo domingo 22 de febrero en Río de Janeiro (Brasil).
EFE/Antonio Lacerda.
Vida carnavalesca
La existencia del hombre tiene su expresión en su
trabajo, su pensamiento y su actitud, en los que pone en juego sus
sentimientos y emociones. Todo lo que haga conforme a eso, lo puede
conducir a su realización como persona humana o a su desdicha, según el
camino que elija. Su vivir, también, se manifiesta en sus alegrías y sus
tristezas, y en lo que considera sus triunfos y sus fracasos. Es, en
suma, un levantarse y un caer cotidiano, de acuerdo con sus
convicciones, sus valores y sus principios.
En estos días de Carnaval, todo el ser de la persona se pone a prueba.
Jóvenes y adultos acarrearán con la consecuencia de sus actos, según
obren y actúen. Quien conserve la sensatez y la mentalidad sana, verá
los frutos de su buen juicio; y el que decida transitar por caminos
tortuosos, cosechará el fruto amargo de lo sembrado. La vida
carnavalesca, que incita al placer y al desenfreno, es el sendero de la
perdición, vedado para aquel que aspira a las cosas de arriba. Las
sendas del Señor son rectas; la del impío es ancha y se pierde.
Vivir este tiempo es un reto para el cristiano, en cuanto a ser sal y
luz para los demás. El Carnaval, como fiesta mundana, debe ser sacado
del paganismo que arrastra en su equipaje el desborde de sexo y placeres
profanos, para enfocarlo en el realce cultural de la nación. Al menos,
así, tendrá sentido como fiesta que ocupa tiempo y consume recursos y
que aún permanece en la dimensión de lo sin sentido.
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