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Empiezan a repicar las Campanas
Emilio Sinclair
Hace muchos años, cuando viajar de Panamá a Santiago en una “chiva
gallinera” tomaba ocho tormentosas horas, si por gracia del Espíritu
Santo no teníamos que esperar largo rato para cruzar por ferry La Boca
del canal o no sufrir un “flat” en el camino.
Cuando estábamos en el período de transición entre la infancia y la
adolescencia y balbuceábamos nuestras primeras obscenidades, llegamos en
calidad de exploradores ( Boys Scouts), a un pueblito interiorano donde,
según los chismosos, la mayoría de las personas del lugar no estaban
casadas y vivían en “un concubinato escandaloso”.
En este pueblito, residía un agricultor que tenía la habilidad de
repicar la campana cuando se producía un acontecimiento alegre o triste.
Alegre cuando era la procesión religiosa en honor al santo del lugar o
cuando llegaba el cura para dar la primera comunión o efectuar un
bautizo colectivo; y triste cuando alguien moría por viejo, exceso de
“chirrisco”, mordido por una víbora, o por “mal de amores”.
El agricultor de marras tenía una forma especial de repicar la campana
cuando se trataba de un sepelio, y el tañido era de tal manera que a
distancia se escuchaba, y los que conocían el toque especial sabían que
se trataba de un muerto cuyo cuerpo era llevado a su último destino.
El caballero de nuestro relato, aunque analfabeta, era considerado en el
pueblo como un hombre conspicuo, y a pesar de ser iletrado tenía una
descendencia entre nueve a once hijos concebidos con ese atributo que a
los varones se nos dotó para preservar la especie y hacer la micción y
que él llamaba su “diptongo”. Además tenía otra mujer en un pueblito
cercano y cínicamente decía que tenía dos hembras porque necesitaba “
una para la mañana y otra para la noche”, o sea que su “diptongo” no
descansaba.
El sonar de las campanas, cuando se trataba de un difunto tenía
características especiales; aunque a muchos fieles no les agradaba la
persona a la que le correspondía ejecutar esa tonada, porque aseguraban
que era violador de los mandamientos, especialmente aquel que dice “ no
desearás a la mujer del prójimo”.
Cada vez que había un muerto el sujeto de nuestro relato dejaba sus
labores agrícolas y vestido de una guayabera blanca lavada, almidonada y
planchada para la ocasión, y luciendo un sombrerito con una pluma de ave
a un costado, se dirigía hacia el campanario para entonar el repique
fúnebre.
Los tiempos han cambiado, el ferry fue sustituido por el Puente de las
Américas, que se inauguró el 12 de octubre de 1963; ya no hay “chivas
gallineras” y mister “ diptongo”, el repicador de campanas, creo que
partió de este mundo.
A pesar de los años, el repicar de campanas continúa. El tañido ha sido
sustituido por las propagandas política, el templo y su campanario es la
República de Panamá; y los bautizados o difuntos son los candidatos a
puestos de elección popular el 03 de mayo. Para unos el repique será
agradable, porque la urna donde depositemos el voto será una caja de
buenaventuras y, para otros, ese cajón se convertirá en el ataúd donde
se sepultarán sus proyectos sin esperanzas.
Falta poco y ya empiezan a repicar las campanas, anunciado la
aproximación de una nueva era o de un resultado fatal.
Esperemos pacientemente.
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