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Imagen de una de las 100 vasijas precolombinas que la Oficina Federal de
Investigaciones (FBI) entregó el 13 de enero de 2009 a Panamá, tras ser
recuperadas en una investigación de la oficina del FBI en Portland
(Oregón, EEUU). EFE.
Narcotráfico
El afán de riqueza desmedida y la ambición por el
poder y el dinero pierden al hombre. Esa es la raíz y la razón de ser
del narcotráfico y su andamiaje criminal. Entre la censura de una parte
de la humanidad y la tolerancia cobarde o absurda de otra, millones de
jóvenes en el mundo sucumben ante un flagelo destructivo e inhumano. La
droga, hoy por hoy, no distingue ni discrimina nacionalidad, edad, etnia
o condición social. Hiere y mata por igual.
La reciente reunión en Panamá de los mandatarios de cuatro países
hermanos, incluyendo el nuestro, es una muestra de la grave situación y
consecuencias que experimentamos en cuanto al tráfico de drogas y sus
organizaciones criminales. Es un asunto que atañe a todos los países del
mundo; no sólo a los 4 que se han reunido en esta ocasión. Por eso, la
cooperación entre unos y otros es indispensable para controlar la
expansión de esa actividad delictiva.
Pero no todo debe quedar en manos de los gobiernos, sino, también, en
nuestras manos. Cada hogar debe velar por los miembros de su familia,
para evitar que caigan en el consumo o, en lo que es peor, la venta y
posterior tráfico de tan maligno producto. Tenemos que convencernos que
el éxito en la vida no se mide por la cantidad de dinero o poder que se
tenga, sino en el trabajo honrado y en particulares valores que nos dan
la satisfacción de ser personas de bien.
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