A TIRO DE PIEDRA
Sin respeto, no hay paz
Hace pocos días acompañé a
un amigo y su familia a sepultar a su hermano mayor, a quien también
conocía, y coincidimos en el cementerio con otro entierro: el de un
pandillero. Los trabajadores de camposanto nos aconsejaron esperar un
rato, pero fue un momento de tensión y angustia.
Tanto mi amigo como yo, y otro amigo entrañable que nos acompañaba,
vivimos largo tiempo en el ambiente de San Felipe, Santa Ana y El
Chorrillo. Para nosotros hay situaciones que conocemos e intuimos muy
bien. Sabemos, con sólo mirar alrededor, cuando hay peligro o existen
intenciones de provocar daño. Pero una cosa es estar joven y sin
compromiso o responsabilidad de esposa y familia, y, otra, es ver en lo
que se ha convertido nuestra ciudad; una jungla violenta y sin el menor
respeto hacia los demás. Prima, lamentablemente, la ley del más temible.
Es notoria la agresividad en casi todos los aspectos de la vida
ciudadana. El manejo en las calles, la manera de abordar un autobús, la
forma de protestar, el trato al atender a los clientes o a los usuarios
de negocios y servicios públicos. Ahora, súmele la campaña política que
está en plena efervescencia. Es un clima de agresión y violencia que
crece sin control.
Así como vimos un sepelio rodeado de policías, por la amenaza de
enfrentamiento entre bandas rivales de pandilleros, igual vemos las
actitudes y el lenguaje común que se va imponiendo en las calles. Se
pierde el respeto, porque hemos tirado al cesto de la basura nuestros
valores como sociedad. Lo que antes era un acto que inspiraba respeto
por el dolor ajeno, como un funeral, ahora es un hecho en que el miedo y
la tensión o el temor de una balacera, superan el dolor y la tristeza
por la pérdida de un ser querido. Mientras unos despedíamos al amigo o
al vecino fallecido, otros volteaban constantemente sus cabezas fijando
su mirada entre las tumbas y esperando el momento que sonara el primer
tiro.
Ya le había advertido (yo) a mi esposa, cuando pasamos frente a una de
las iglesias del Casco Antiguo, que se efectuaba el entierro de un
pandillero. Ni lo leí ni lo sabía de antemano; pero me alertó la
presencia de la policía, en número y actitud inusual. Es el instinto
innato que se desarrolla cuando uno ha tenido la experiencia de vivir
“el barrio”. Y digo: vivir el barrio; no vivir en el barrio. De mi
antiguo vecindario a El Chorrillo, la distancia es de 15 calles. En
aquellos días era trecho suficiente, para tener cierta tranquilidad.
Hoy, no hay fronteras. Desde las Bóvedas hasta la playita de El
Chorrillo y más allá, la única seguridad es Dios y la astucia de
serpiente que, inexorablemente, tenemos que desarrollar en la
actualidad, porque no basta con la mansedumbre de la paloma.
Si queremos empezar a cambiar este ambiente violento y agresivo
exijámonos y exijamos a quienes nos rodean y tratan con nosotros, el
respeto recíproco que nos preserva de la violencia y la agresión.
Hagámoslo con caridad y cortesía, pero con firmeza y determinación. Eso,
lo aseguro, marcará la diferencia.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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