LA VOZ DEL PASTOR

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Dios conquista "con la desarmante
mansedumbre del amor"
La lección de la Epifanía, la manifestación de Jesús a los Magos
de Oriente
Publicamos la intervención que pronunció Benedicto
XVI a mediodía de este martes 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del
Señor, con motivo de la oración mariana del Ángelus.
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía, la "manifestación" del
Señor. El Evangelio cuenta cómo Jesús vino al mundo con gran humildad y
escondimiento. San Mateo, sin embargo, refiere el episodio de los Magos,
que llegaron de oriente, guiados por una estrella, para rendir homenaje
al recién nacido rey de los judíos. Cada vez que escuchamos esta
narración, nos impresiona el claro contraste que se da entre la actitud
de los Magos, por una parte, y la de Herodes y los judíos, por otra.
El Evangelio dice que, al escuchar las palabras de los Magos, "el rey
Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén" (Mateo 2, 3). Una
reacción que se puede comprender de diferentes maneras: Herodes se
alarma porque ve en aquél a quien buscan los Magos a un competidor para
él y para sus hijos.
Los jefes y los habitantes de Jerusalén, por el contrario, parecen
quedarse más bien atónitos, como si se despertaran de una cierto sopor y
necesitaran reflexionar. Isaías, en realidad, había anunciado: "Una
criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre
su hombro, y se llamará su nombre 'Maravilla de Consejero', 'Dios
Fuerte', 'Siempre Padre', 'Príncipe de Paz'" (Isaías 9,5).
¿Por qué se sobresalta entonces Jerusalén? Parece que el Evangelista
quiere como anticipar la posición que después tomarán los sumos
sacerdotes y el Sanedrín, así como parte del pueblo, ante Jesús durante
su vida pública. Ciertamente, destaca el hecho de que el conocimiento de
las Escrituras y de las profecías mesiánicas no lleva a todos a abrirse
a Él y a su palabra. Esto recuerda que, antes de la pasión, Jesús lloró
sobre Jerusalén, pues no había reconocido la hora en que había sido
visitada (Cf. Lucas 19, 44).
Tocamos aquí uno de los puntos cruciales de la teología de la historia:
el drama del amor fiel de Dios en la persona de Jesús, que "vino a su
casa, y los suyos no la recibieron" (Juan 1,11).
A la luz de toda la Biblia, esta actitud de hostilidad o ambigüedad, o
superficialidad representa la de todo hombre y la del "mundo" --en
sentido espiritual--, cuando se cierra al misterio del verdadero Dios,
que nos sale al encuentro con la desarmante mansedumbre del amor. Jesús,
el "rey de los judíos"(Cf. Juan 18,37), es el Dios de la misericordia y
de la fidelidad; quiere reinar con el amor y la verdad y nos pide que
nos convirtamos, que abandonemos las obras malas y que recorramos con
decisión el camino del bien.
"Jerusalén", por tanto, en este sentido, somos todos nosotros. Que la
Virgen María, que acogió con fe a Jesús, nos ayude a no cerrar nuestro
corazón a su Evangelio de salvación. Dejémonos más bien conquistar y
transformar por él, el "Emmanuel", Dios venido entre nosotros para
darnos su paz y su amor.
Después de rezar el Ángelus, el Papa añadió:
Dirijo mis sentidas felicitaciones a los hermanos y hermanas de las
Iglesias Orientales, que siguiendo el calendario juliano celebrarán
mañana la santa Navidad. Que la memoria del nacimiento del Salvador
encienda cada vez más en sus corazones la alegría de ser amados por
Dios. El recuerdo de estos hermanos nuestros en la fe me lleva
espiritualmente a Tierra Santa y Oriente Medio. Sigo con profunda
preocupación los violentos enfrentamientos armados que tienen lugar en
la Franja de Gaza. Mientras confirmo que el odio y el rechazo del
diálogo no traen más que guerra, quisiera hoy alentar las iniciativas y
los esfuerzos de quienes, amando la paz, están tratan-do de ayudar a
israelíes y palestinos a sentarse alrededor de una mesa y hablar. ¡Que
Dios apoye el compromiso de estos "constructores de paz"!
La fiesta de la Epifanía, en muchos países, es también la fiesta de los
niños. Pienso especialmente en todos los niños, que son la riqueza y la
bendición del mundo, y sobre todo en aquellos a los que se les niega una
infancia serena. Deseo llamar la atención, en particular, sobre la
situación de decenas de niños y muchachos que, en estos últimos meses,
incluido el período navideño, en la provincia oriental de la República
Democrática del Congo, han sido secuestrados por bandas armadas que han
atacado las aldeas y causado numerosas víctimas y heridos. Hago un
llamamiento a los autores de estas brutalidades inhumanas para que
devuelvan estos muchachos a sus familias y a su futuro de seguridad y
desarrollo al que tienen derecho, junto a esas queridas poblaciones.
Manifiesto al mismo tiempo, mi cercanía espiritual a las Iglesias
lo-cales, también golpeadas tanto en sus hijos como en sus obras,
mientras exhorto a los pastores y fieles a permanecer fuertes y firmes
en la esperanza.
Los episodios de violencia contra los muchachos, que por desgracia se
registran también en otras partes de la tierra, son todavía más
deplorables si se considera que en 2009 se celebra el vigésimo
aniversario de la Convención de los Derechos del Niño: un compromiso que
la comunidad internacional está llamada a renovar para defender y
promover a la infancia de todo el mundo. Que el Señor ayude a quienes
trabajan diariamente al servicio de las nuevas generaciones --¡y son
innumerables!--, ayudándoles a ser protagonistas de su futuro. Además,
la Jornada de la Infancia Misionera, que se celebra en la fiesta de la
Epifanía, es una ocasión oportuna para subrayar que los niños y los
muchachos pueden desempeñar un papel importante en la difusión del
Evangelio y en las obras de solidaridad con los de su misma edad más
necesitados. ¡Que el Señor se lo recompense!
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