Una Navidad eterna


 

Emilio Sinclair

Con motivo de las festividades de diciembre, resonaron los cánticos navideños, sopló la brisa de la felicidad, se entonaron los corazones y proliferaron abrazos –con la cursillería característica de la época– deseando felicidad y prosperidad para el año 2009.
La letanía navideña se repite todos los años y una vez termina ese corto período de confraternidad, resurgen las maledicencias con sus secuelas de frustraciones.
Para la época navideña la gente se llena de bríos, decoran el hogar, limpian alrededor de la vivienda, recogen la basura y perfuman el ambiente con olores extravagantes que nos hacen recordar que en esta vida, a pesar de sus inconvenientes, hay una dosis de felicidad.
Para algunos la Navidad es la fecha más importante; unos fomentando el consumismo engrosan sus arcas financieras y otros la reunión familiar hace más llevadera la ocasión, y no poco se entristecen cuando recuerdan aquellos que nos dieron su amor y un día, por este mundo dejándonos la triste e infértil semilla del recuerdo.
La Navidad es un estado anímico que embriaga momentáneamente. Podríamos hacer de esto un acontecimiento permanente, pero en el espíritu de la humanidad no reinan las condiciones para crear el ambiente adecuado. Incluso para algunos la felicidad se convierte en pesar porque no resisten cuando el guarapo fermentado se convierte en ron embrutecedor.
Podemos hacer que la navidad sea permanente, que nos permita entonarnos emocionalmente y mantener el hogar decorado con una prole encantadora, cuya risa sean los villancicos que tonifican el espíritu.
No es necesario el tradicional nacimiento, ni el arbolito gringo que iluminamos con foquitos multicolores procedentes de China Popular, nación donde a más de mil millones de personas se les prohíbe creer en Dios.
Diciembre no sólo es mes de armonía. La felicidad está en cada uno de nosotros y con nuestra conducta podemos hacer que la Navidad sea eterna, sin altibajos causados por bajezas de personas que opacan la felicidad y obligan fruncir el ceño de desaprobación.
Cuánta gente de este mundo jamaqueado por la desesperación sólo espera la llegada de la navidad para respirar un poco de felicidad, pero una vez se apaga el jolgorio y callan los villancicos volvemos a los inconvenientes que hacen, para algunos, la vida insoportable.
Reiteramos: la felicidad está en cada uno, no es necesario esperar diciembre. Con un poco de voluntad podemos hacer que la navidad sea eterna, siempre y cuando ignoremos las mezquindades, las turbulencias sociales y políticas que nos rodean y marchitan nuestra existencia.
Cuando escuchamos el sonoro ¡feliz navidad y próspero año nuevo!, sonreímos hipócritamente porque sabemos que esa efusividad no dura mucho; se escurre como las aguas de los ríos torrentosos que no se mantienen en un mismo lugar.
Mientras aquí la pólvora lesiona a varios niños imprudentes, en otros países ese mismo polvito negro arranca vidas.

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