Editorial
Administrar bien
La costumbre de comprar y gastar que se ha impuesto
en el mes de diciembre, aupada por la publicidad, empuja a muchas
personas a actuar como compradores compulsivos. El sistema económico
provee de bonificaciones, ingresos extraordinarios y ahorros de ocasión
incitados con el fin de gastarlos al final del año.
Ante el mencionado hábito se impone el discernimiento de las personas,
para evitar el despilfarro del ingreso extra que se recibe, o del
esfuerzo de todo un año para ahorrar una cantidad de dinero que bien
podría resolver necesidades familiares que son más importantes que los
regalos o los artículos suntuarios que suelen comprarse con esa plata.
Saber administrar el ingreso personal y familiar es de sabios;
malgastarlo, de necios. Si se desea hacer buen uso del dinero adicional
que se recibe por estos días, lo primero que debe hacerse es una lista
de aquello en que se piensa gastar o invertir, separando una parte para
las necesidades y otra, para las compras de ocasión. Después de calcular
bien, entonces se procede a usar el dinero como conviene y sin excederse
de la capacidad que se tiene realmente.
Navidad no es gastar alocadamente, sino una actitud de vida y un
escrutinio espiritual que nos ayuda a ser mejores y a enderezar lo que
en nosotros está torcido. No es el regalo más costoso el que da muestra
de mayor amor, ni el derroche de suntuosidad en el arreglo de la casa lo
que dice más de nosotros. Lo que en realidad perdura es el don de
gentes, el trato afable y fraterno hacia el prójimo, y la práctica de
valores y virtudes que nos hacen más humanos y nos acercan a Dios.
Sepamos, pues, administrar bien: no sólo el dinero, sino nuestra propia
manera de ser y vivir.
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