A TIRO DE PIEDRA
La Navidad que se fue
Cuando repaso la forma en
que los panameños celebrábamos la Navidad, me doy cuenta de cuánto hemos
perdido. No se trata de que el tiempo pasado fue mejor, sino de aquello
que hemos matado sin darnos cuenta: el carácter alegre y el amor y el
respeto por el otro.
Después del Día de la Madre Panamá se llenaba de luces y se cantaba por
todas partes. Casi en cada casa había un arreglo navideño y, en las más
pobres, al menos brillaba una luz. Las estaciones de radio sonaban,
constantemente, música popular y villancicos navideños. Los enemigos se
reconciliaban y, con muchos días de anticipación, se deseaba feliz
Navidad a todo el que se nos cruzara en el camino. En ese aspecto éramos
más humanos.
Ahora dirán que la cuenta de luz es costosa, pero es sólo excusa, porque
los adornos se pueden poner con pocas luces o prescindiendo de ellas
totalmente. Ya se dice que la Navidad es para los “pelaos”, para los
niños. ¡Mentira! Cristo vino al mundo por todos, sin discriminar entre
adulto y niño; viejo y joven; o hombre y mujer. La Navidad es para
todos, especialmente para los que creen en la venido del Hijo de Dios al
mundo.
Recuerdo que en los patios de las casas se reunían las familias y los
vecinos, para celebrar. Se sacaban los instrumentos, la mayoría de
percusión, y se cantaban las canciones navideñas mientras los niños
jugaban con sus juguetes nuevos. La mayoría no eran costosos, pero
habían sido escogidos con mucho esmero y cariño por nuestras madres y
abuelas, principalmente, y por otros parientes. Muchos de nuestros
familiares y amigos no nos daban regalo, pero con su presencia y un
abrazo nos hacían felices. Cómo nos alegrábamos cuando veíamos a toda la
familia reunida: tíos y tías, primos y primas, y aquellos amigos de la
familia que eran como hermanos de nuestros padres y parientes.
Ninguno pasaba la Nochebuena en soledad, porque algún vecino lo acogía
con placer. Toda la vecindad compartía la comida de Navidad, por muy
humilde que fuera. Tamales, dulces, arroz con pollo, ron ponche, jamón,
ensalada, y frutas de toda clase. En cada casa se comía un poco, y los
grandes bebían licor, pero a ningún niño le era permitido. Vestíamos
ropa nueva, que se habían abonado o sacado en un club de mercancías en
los almacenes de la Central. La Navidad era un acontecimiento grande e
importante, y así se celebraba.
Esa actitud y ese sentido de la fiesta se ha abandonado. ¿Por qué? No lo
sé; pero tampoco me digan que es anticuado, porque el amor, la amistad y
el aprecio y el respeto hacia el vecino no pasan de moda. Somos
nosotros, Panamá, los que nos hemos dejado llevar por un modernismo mal
entendido por el utilitarismo y el hedonismo. Los que conservamos esas
tradiciones de Navidad, lo seguiremos haciendo; y el que quiera
recuperarlas, que se decida a hacerlo este año. De seguro ganaremos más,
que aquello que podamos perder.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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