LA VOZ DEL PASTOR

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Adviento, tiempo de esperanza
Publicamos parte de la homilía que pronunció
Benedicto XVI el sábado 29 de noviembre, al presidir la celebración de
las vísperas del primer domingo de Adviento en la Basílica de san Pedro
del Vaticano.
Queridos hermanos y hermanas:
Con esta liturgia vespertina, comenzamos el camino de un nuevo año
litúrgico, entrando en su primer tiempo: el Adviento. En la lectura
bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la primera Carta a los
Tesalonicenses, el apóstol Pablo utiliza precisamente esta palabra:
"venida", que en griego es "parusía" y en latín "adventus" (1
Tesalonicenses 5,23). Según la traducción común de este texto, Pablo
exhorta a los cristianos de Tesalónica a mantenerse irreprensibles "para
la venida" del Señor. Pero en el texto original se lee "en la venida",
como si el adviento del Señor fuera, más que un punto futuro en el
tiempo, un lugar espiritual en el que hay que caminar ya en el presente,
durante la espera, y en el que es posible quedar preservados
perfectamente en toda la dimensión personal. De hecho, esto es
precisamente lo que vivimos en la liturgia: al celebrar los tiempos
litúrgicos, actualizamos el misterio --en este caso la venida del
Señor-- para poder "caminar en él", por así decir, hacia su plena
realización, al final de los tiempos, pero recibiendo ya la virtud
santificadora, pues los tiempos últimos ya han comenzando con la muerte
y resurrección de Cristo.
La palabra que mejor resume este estado particular, en el que se espera
algo que tiene que manifestarse, pero que al mismo tiempo se entrevé y
comienza a experimentar es "esperanza". El Adviento es por excelencia la
estación espiritual de la esperanza y en él la Iglesia entera está
llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para el mundo.
Todo el organismo espiritual del Cuerpo místico asume, por así decir, el
"color" de la esperanza. Todo el pueblo de Dios se pone en marcha
atraído por este misterio: nuestro Dios es el "Dios que llega" y nos
llama a salir a su encuentro. ¿Cómo? Ante todo con esa forma universal
de esperanza y de la espera que es la oración, que encuentra su
expresión eminente en los Salmos, palabras humanas en las que el mismo
Dios ha puesto y pone continuamente en los labios y en los corazones de
los creyentes la invocación de su venida. Detengámonos, por tanto, unos
instantes en los dos Salmos que acabamos de rezar y que aparecen
consecutivamente en el libro bíblico: el 141 y el 142, según la
numeración judía. "Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi
voz cuando te llamo. Suba mi oración como incienso en tu presencia, el
alzar de mis manos como ofrenda de la tarde" (Salmo 141,1-2). Así inicia
el primer salmo de las primeras vísperas de la primera semana del
Salterio: palabras que al inicio de Adviento cobran un nuevo "color",
pues el Espíritu Santo hace que resuenen siempre de nuevo en nuestro
interior, en la Iglesia en camino entre el tiempo de Dios y los tiempos
de los hombres. "Señor..., ven de prisa" (v. 1). Es el grito de una
persona que se siente en grave peligro, pero es también el grito de la
Iglesia que entre las múltiples insidias que la circundan, que amenazan
a su santidad, esa integridad irreprensible de la que habla el apóstol
Pablo, pero que sin embargo debe ser conservada para la venida del
Señor. En esta invocación resuena también el grito de todos los justos,
de todos los que quieren resistir al mal, a las seducciones de un
bienestar inicuo, de placeres que ofenden a la dignidad humana y a la
condición de los pobres. Al inicio de Adviento, la liturgia de la
Iglesia lanza nuevamente este grito, y lo eleva a Dios "como incienso"
(v. 2).
La ofrenda vespertina del incienso es, de hecho, símbolo de la oración,
de la efusión de los corazones orientados a Dios, al Altísimo, así como
"el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde" (v. 2). En la Iglesia
ya no se ofrecen sacrificios materiales, como sucedía también en el
templo de Jerusalén, sino que se eleva la ofrenda espiritual de la
oración, en unión con la de Jesucristo, que es al mismo tiempo
Sacrificio y Sacerdote de la nueva y eterna Alianza. En el grito del
Cuerpo místico, reconocemos la voz misma de la Cabeza: el Hijo de Dios
que ha cargado con nuestras pruebas y tentaciones para darnos la gracia
de su victoria.
Esta identificación de Cristo con el salmista es particularmente
evidente en el segundo Salmo (142). En él, cada palabra, cada
invocación, hace pensar en Jesús durante la pasión, en particular su
oración al Padre en Getsemaní. En su primera venida con la encarnación,
el Hijo de Dios quiso compartir plenamente nuestra condición humana.
Naturalmente no compartió el pecado, pero por nuestra salvación padeció
todas las consecuencias. Al rezar el Salmo 142, la Iglesia revive cada
vez la gracia de esta compasión, de esta "venida" del Hijo de Dios en la
angustia humana hasta tocar fondo. El grito de esperanza de Adviento
expresa, entonces, desde el inicio y de la manera más fuerte, toda la
gravedad de nuestro estado, la extrema necesidad de salvación. Es como
decir: nosotros no esperamos al Señor como una hermosa decoración en un
mundo ya salvado, sino como un camino único de liberación de un peligro
mortal. Y nosotros sabemos que Él mismo, el Liberador, ha tenido que
sufrir y morir para sacarnos de esta prisión (Cf. v. 8).
En definitiva, estos dos Salmos nos ponen a salvo de cualquier tentación
de evasión y de fuga de la realidad; nos preservan de una falsa
esperanza, que querría pasar el Adviento y entrar en Navidad olvidando
el carácter dramático de nuestra existencia personal y colectiva. De
hecho, una esperanza digna de confianza y que no engaña sólo puede ser
una esperanza "pascual", como nos recuerda cada sábado por la noche el
cántico de la Carta a los Filipenses, con el que alabamos a Cristo
encarnado, crucificado, resucitado y Señor universal.
Hacia Él dirigimos la mirada y el corazón, en unión espiritual con la
Virgen María, nuestra señora del Adviento. Démosle la mano y entremos
con alegría en este nuevo tiempo de gracia que Dios regala a su Iglesia
para el bien de toda la humanidad. Como María y con su maternal ayuda,
seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo para que el Dios de la paz
nos santifique plenamente y la Iglesia se convierta en signo e
instrumento de esperanza para todos los hombres. ¡Amén!
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