A TIRO DE PIEDRA
Signos navideños
La Iglesia nos ofrece una
serie de signos para cada tiempo litúrgico, con el fin de ayudarnos a
vivir de manera activa nuestra manifestación de la fe y para que,
también, sirvan a otros en la comprensión de la enseñanza religiosa. Es
una rica tradición que, a través de los siglos, se ha visto enriquecida
con el aporte de las diversas culturas que componen el mundo cristiano.
El tiempo litúrgico de la Navidad, precedido por el de Adviento,
presenta una simbología que es preciso distinguir de aquella del mundo.
Entre los signos navideños que acepta el cristianismo está, en primer
lugar, el Pesebre de Belén con la familia de Nazaret, iluminado por la
estrella y acompañado por los ángeles, la mula y el buey; es decir, el
niño Jesús nacido pobre acompañado de María y José. Esta es la más
sublime y profunda representación de la Navidad: Dios que viene al mundo
en su Hijo hecho hombre verdadero y engendrado en el vientre de María,
por obra y gracia del Espíritu Santo.
Antes de continuar es preciso aclarar que estos signos nos recuerdan los
acontecimientos de la historia de la Salvación. La importancia está en
esa historia, y no en las imágenes o representaciones, que sólo nos
sirven de ayuda material para recordar, comprender y testimoniar la
Buena Nueva que constituye la natividad de Cristo Jesús al hacerse
humano como nosotros.
Otro signo es la figura de los Magos, o Reyes Magos, como los conocemos
popularmente, que emprendieron un largo camino tras la estrella que los
condujo al portal de Belén, en donde encontraron al Mesías Redentor
envuelto en pañales. Es una representación que ha sido relegada, porque
la actividad mercantilista cierra su “estación navideña” el 25 de
diciembre. Con la caja llena, ya para los comerciantes “pasó la Navidad”
cuando, en realidad, el tiempo litúrgico de la Navidad empieza con la
Nochebuena y concluye con la Solemnidad del Bautismo de Jesús, aunque
algunos suelen quitar los signos tras la celebración de la Epifanía o
manifestación a los Magos.
Fuera de los signos mencionados, que son tomados directamente del relato
evangélico, tenemos otros aceptados o tolerados por la Iglesia. La
Corona de Adviento, por ejemplo, conlleva una celebración familiar que
hace más activa la “espera” por el nacimiento de Jesús. Aunque su
nacimiento es un hecho ya verificado, conmemoramos este acontecimiento
de manera espiritual porque, según san Bernardo Abad, está esa tercera
venida intermedia, entre la primera y la que se verificará al final de
los tiempos, y que se produce cuando, por la fe, el Padre y el Hijo
hacen morada en nosotros; en nuestros corazones.
Un signo popular es el árbol de Navidad, que la Iglesia no rechaza, pero
que forma parte del aporte cultural del mundo cristiano. Hay otro
semejante, que gana terreno en los últimos años: el tronco de Jesé, con
un sentido más bíblico. También están los pastorcitos y pastorcitas, las
posadas o pastorelas, y la recreación del humilde pueblo de Belén. Las
comidas navideñas dependen de cada región, por lo que no existe
uniformidad en este sentido. Pero lo más importante como signo es el
amor y la paz que, en nombre de Cristo Redentor, damos a los demás.
Navidad, pues, es una fiesta eminentemente cristiana, que se ha
extendido al resto de la humanidad y cuyos signos y tradiciones
auténticamente navideños merecen ser conservados y respetados por
creyentes y no creyentes.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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