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Vista general del 25 de noviembre de 2008, de las comunidades inundadas
en la provincia de Bocas del Toro, a unos 600 kilómetros al occidente de
Panamá. El frente frío que afecta desde el fin de semana las provincias
más occidentales del país deja, hasta el momento, siete muertos,
alrededor de 30.000 damnificados, 7.700 refugiados en 36 albergues y la
destrucción de numerosas casas, carreteras y puentes. EFE/Servicio de
Protección Civil de Panamá.
Agua y lodo
Las inundaciones y deslaves que han golpeado a los
pobladores de Bocas del Toro y Chiriquí pone en evidencia cuán
vulnerable son esas áreas; algunas sólo en lo geográfico, otras en lo
social y económico. Los más afectados, más allá del daño material
inmediato, son los pobres que no tienen los medios para resarcirse
prontamente de las consecuencias de la tragedia.
A lo largo de nuestra historia republicana hemos visto situaciones
parecidas, sin que hasta el momento tengamos un plan eficaz para estos
eventos. Nuestro actuar depende más de la reacción, que de la previsión;
más de la solidaridad popular, que de la planificación estatal.
Con las consecuencias del cambio climático, estos fenómenos naturales se
hacen más frecuentes y perjudiciales, porque es nuestro descuido el que
trastoca la naturaleza de una manera agresiva. Que la actual situación
nos mueva, de manera decidida, a enmendar lo que hacemos mal y a
dispensar el cuidado de prevención y socorro que tanta falta nos hace en
esta hora.
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