LA VOZ DEL PASTOR

Monseñor Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar
Finanzas y doctrina social de la Iglesia
La actual crisis financiera pareciera haber tomado
por sorpresa a algunos. Otros, sin embargo, la venían anunciando desde
hace buen tiempo. No pocos, además del anuncio, proponían
reorientaciones de las finanzas y de la economía, y pedían
intervenciones porque espontáneamente no se daría la corrección. Lo peor
de las sorderas es que quienes siempre pagan más los platos rotos son
los pobres y los programas de inversiones en mejora de sus condiciones
de vida, que ofrezcan oportunidades de salir de la pobreza.
Adam Smith, referente imprescindible del liberalismo económico, también
escribió la Teoría de los sentimientos morales y Max Weber estable-ció
una relación entre los valores morales del trabajo y el avance del
capitalismo. Un capitalismo respetuoso de la dignidad humana, del que
habla Amartya Sen, requiere una intervención pública eficaz. La búsqueda
del beneficio es clave en la economía de mercado, pero donde todo es
mercantilizado, la cohesión social queda duramente golpea-da, la
justicia social postergada y con ella la democracia integral detenida.
Las discusiones entre keynesianos y los seguidores de Friedrich von
Hayek vuelven a la actualidad y el reciente Premio Nobel de economía
alimenta las luces avanzando. No se discute sobre volver a un estatismo
probadamente ineficiente, sino sobre tipos de economía liberal y grados
de participación estatal. En cualquier caso, es imprescindible que
salgamos de la danza de los millones de los especuladores financieros,
aclaremos la vista y la conciencia y nos acordemos que lo que genera
riqueza es el trabajo humano y que si éste es digno (usando expresión de
la OIT), además de justo, como debe ser, las posibilidades de
crecimiento y competitividad son mucho mejores y son salud para la
democracia.
Indigna que el planeta entero esté sumido en una crisis provocada por el
afán de lucro fácil de algunos y por la inadecuada regulación de los
mercados de las economías más influyentes. Indigna la falta de
conciencia sobre los costos que han sufrido los países con notable
índice de pobreza, debidos al modelo económico y ecológico llevado
adelante todos estos años, por parte de los países considerados más
poderosos.
De la crisis se saldrá (ojalá para bien de la justicia y de la paz)
porque los estudiosos en la materia y los que tienen en sus manos los
poderes para las grandes decisiones en estos campos, se aplicarán en
ello (ojalá tengan sentido de culpabilidad por no haber aplicado la
misma energía para, al menos, alcanzar los “objetivos del milenio”). Sin
embargo, como toda crisis es posibilidad de crecimiento, aprovechémosla
para preguntarnos, como ya también el mismo papa Benedicto XVI, ha
indicado, si no se está construyendo la “casa” sobre arena; qué
humanidad estamos impulsando.
El siervo de Dios, Juan Pablo II, decía en una homilía el 1 de mayo de
2000: “Las nuevas realidades que se manifiestan con fuerza en el proceso
productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del
comercio y del trabajo, jamás deben violar la dignidad de la centralidad
de la persona humana, ni la libertad y la democracia de los pueblos. La
solidaridad, la participación y la posibilidad de gestionar estos
cambios radicales constituyen, sino la solución, ciertamente la
necesaria garantía ética para que las personas y los pueblos no se
conviertan en instrumentos, sino en protagonistas de su futuro. Todo
esto puede realizarse y, dado que es posible, constituye un deber”.
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