Editorial
Alto a la violencia
Los últimos días se han caracterizado por hechos
violentos, con saldo de más o menos una docena de personas muertas a
tiros. Nosotros mismos, aquí en el Arzobispado, hemos vivido de cerca
esta experiencia. Pareciera que no hay freno ni quien pueda ponerlo.
Grande es el clamor por la sensación de inseguridad, por tanta muerte
sin mayor motivo ni razón, y por el poco castigo que reciben los
culpables de la sangre derramada en aras de nada que la justifique.
Aparentemente es el síndrome de Caín que se desata contra un Abel
representado en los muertos, muchos de ellos en la persona de infantes,
ancianos, y hombres y mujeres inocentes que se cruzan en el camino de
las balas asesinas.
Hace muchos años advertimos de las consecuencias que traería el negocio
de la venta de armas, de la violencia ensalzada por los medios de
comunicación, y de la cultura de la muerte que se propagaba a través de
cierta modalidad y lenguaje social. De poco sirvieron las advertencias
de entonces, pero que ahora hacen otros que, en su momento, nos tildaban
de conservadores, anticuados y beatos.
Nuestra realidad, actualmente, es de inseguridad y hasta de caos, en
cierto modo. Tenemos que retomar, con fuerza, la inculcación de
principios y valores que tengan por bien preciado el respeto, la
honestidad, la tolerancia, el civismo y la fe. Tenemos que recuperar el
amor como sentimiento y lazo fuerte entre la familia y la comunidad,
para construir un mundo mejor. En fin, nos hace falta practicar, enseñar
y defender la cultura de la vida, para cambiar y superar este ambiente
de violencia. Esperamos que, ahora, se abran los oídos y, finalmente,
que este llamado sea escuchado.
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