LA VOZ DEL PASTOR

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Los católicos y los judíos deben dar
testimonio común del amor de Dios
Ofrecemos a continuación el texto íntegro del
discurso del Papa Benedicto XVI a los miembros del International Jewish
Committee on Interreligious Consultations, a quienes recibió hoy en la
Sala de los Papas del Palacio Apostólico Vaticano.
Queridos amigos,
Estoy contento de dar la bienvenida a esta delegación del International
Jewish Committee on Interreligious Consultations. Durante más de treinta
años, su Comité y la Santa Sede han mantenido contactos regulares y
fructíferos, que han contribuido a un mayor entendimiento y aceptación
entre católicos y judíos. Aprovecho de buen grado esta ocasión para
reafirmar el compromiso de la Iglesia en la realización de los
principios sentados por la histórica declaración Nostra Aetate del
Concilio Vaticano II. Esta Declaración, que condena firmemente toda
forma de antisemitismo, representa tanto un hito en la larga historia de
las relaciones entre católicos y judíos, como también un emplazamiento a
una renovada comprensión teológica de las relaciones entre la Iglesia y
el Pueblo Judío.
Los cristianos hoy son cada vez más conscientes del patrimonio
espiritual que comparten con el pueblo de la Torá, el pueblo elegido por
Dios en su gracia inefable, un patrimonio que llama a una mayor
apreciación, respeto y amor mutuos (cf. Nostra Aetate, 4). Los judíos
tienen también el desafío de descubrir lo que tienen en común con todos
los que creen en el Señor, el Dios de Israel, quien se reveló a sí mismo
en primer lugar a través de su palabra poderosa y capaz de dar vida.
Como nos recuerda el salmista, la palabra de Dios es una lámpara y una
luz en nuestro camino; nos mantiene vivos y nos da nueva vida (cf. Sal
119,105). Esta palabra nos empuja a dar común testimonio del amor, la
gracia y la verdad de Dios. Este es un servicio vital en nuestro tiempo,
caracterizado por la pérdida de los valores morales y espirituales que
garantizan la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y la paz.
En nuestro atribulado mundo, marcado con tanta frecuencia por la
pobreza, la violencia y la explotación, el diálogo entre las culturas y
las religiones debería cada vez más y más verse como un deber sagrado
que incumbe a todos aquellos que están comprometidos en la construcción
de un mundo digno del hombre. La capacidad de aceptarnos y respetarnos
unos a otro, y de decir la verdad en el amor, es esencial para superar
las diferencias, prevenir las incomprensiones y evitar confrontaciones
innecesarias. Como ustedes mismos han experimentado a través de los años
en los encuentros del International Liaison Committee, el diálogo sólo
es serio y honrado cuando respeta las diferencias y reconoce a los otros
en su alteridad. Un diálogo sincero necesita tanto apertura como un
firme sentido de identidad por ambas partes, en orden a enriquecerse
mutuamente son los dones del otro.
En meses recientes, he tenido el placer de encontrar a las comunidades
judías en Nueva York, en París y aquí en el Vaticano. Doy gracias a Dios
por estos encuentros, y por el progreso de las relaciones entre
católicos y judíos que reflejan. Con este espíritu, por tanto, les animo
a perseverar en su importante labor con paciencia y con un compromiso
renovado. Les ofrezco mis fervientes buenos deseos para la preparación
del encuentro del mes que viene en Budapest entre su Comité y una
delegación de la Comisión para las relaciones religiosas con los judíos
de la Santa Sede, para hablar sobre el tema “La religión y la sociedad
civil hoy”.
Con estos sentimientos, queridos amigos, pido al Todopoderoso que
continúe velando sobre ustedes y sus familias, y guíe sus pasos por el
camino de la paz.
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