LA VOZ DEL PASTOR

Monseñor José Agustín Ganuza, o.a.r.
Obispo emérito de Bocas del Toro
El Papa Pablo VI en mi recuerdo
Hace como un mes, PANORAMA CATOLICO publicó un
sencillo reportaje sobre la visita que, en agosto de 1968, el Papa Pablo
VI realizó a Bogotá, que él mismo describió como “una visita a toda
América Latina y a cada una de sus naciones”. PANORAMA hizo también
referencia a los ciento diez años del nacimiento y treinta de la muerte
de Giovanni Battista Montini, Pablo Papa VI. Ello me ha hecho recordar
mi encuentro con este Papa, en mi primera visita a Roma y al Vaticano.
El Papa Pablo VI tuvo a bien nombrarme prelado de la misión de Bocas del
Toro, en marzo de 1970. Y en febrero de 1972, obispo titular de Paucera
y prelado de Bocas del Toro. Pero no pude conocerla hasta mayo de 1975,
cuando con obispos de todo el mundo llegué a Roma, invitado por la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, para unas jornadas
de reflexión y animación misioneras. Para el último día de las jornadas,
estaba programada una audiencia extraordinaria con el Papa.
Yo, estaba emocionado. Era mi primera visita a Roma, con la oportunidad
de encontrarme con el Papa. Llegado el día, como era joven, me fue fácil
recorrer los amplios corredores del palacio vaticano, llegar, entre los
primeros, al salón de audiencias y ocupar en él un lugar estratégico.
Llegó el Papa con dos monseñores. Desde un pequeño estrado nos habló en
italiano. Yo, que era todo ojos y oídos, no entendí nada, pues
desconozco el italiano, ya que nunca he vivido en Roma. Terminada su
alocución, el Papa bajó de su estrado, para saludar a los obispos.
Previendo ese momento, me había ubicado, en segunda fila junto al
pasillo central; así que apenas adiviné el movimiento, me planté junto
al Papa.
De una vez tomé su mano para besarla. El tomó la mía entre las suyas. Me
animé y puse mi otra mano sobe las de él. Así que nuestras manos
quedaron entrelazadas, mirándonos frente a frente. Sentí que el momento
era único, que debía decir algo. Yo estaba tranquilo, no obstante las
prisas con que nos apremiaban los monseñores. Me parecía que el Papa era
mío, lo tenía agarrado con mis manos y él nada hacía para deshacerse de
mí.
Pude, pues, expresar lo que en esos momentos sentía, más o menos así:
“Santo Padre; vengo de Panamá. Es la primera vez que llego a Roma.
Panamá es un país lejano, y yo un obispo misionero pobre. Ahora he
podido venir, porque me han pagado el viaje. Pero, yo lo quiero mucho,
Santo Padre”.
Algunos obispos se reían, no se si por mi atrevimiento, mi ingenuidad o
mi falta de protocolo. Pero el Papa me miraba con sus ojos profundos, en
actitud humilde, como el padre que escucha a su hijo un poco travieso, o
si en esos momentos no tuviese nada más que hacer.
Y para mostrarme que sí me escuchaba, iba repitiendo en italiano, lo que
yo le decía en castellano: “Panamá lontano…primera volta che vieni a
Roma…vescovo missionario povero… ti hanno pagato il biglietto… tu mi
vuoi bene…”.
Al fin besé sus manos y me arranqué de él. No recuerdo qué pasó después.
Me vi saliendo del salón de la audiciencia, gozoso, en el tropel de
obispos. Seguía viendo la mirada penetrante del Santo Padre, sintiendo
su actitud acogedora, oyendo su voz cálida: Panamá lontano… tu mi vuoi
bene…
Muchos recordarán a Pablo VI como el profeta de la nueva evangelización,
el Papa de los afanes posconciliares, el hombre providente para aquellos
momentos de zozobra… Yo lo recuerdo como un hermano acogedor, como un
padre cercano. Recuerdo su mirada comprensiva, serena… Así es Pablo VI
en mi recuerdo.
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