|
LA IGLESIA EN MISIÓN PERMANENTE
San Cristóbal: una vicaría misionera
de la Arquidiócesis de Panamá

P. Libardo Castaño A. mxy
Hablar de una Vicaría Misionera, más que una realidad, es un desafío. Y
aunque hoy la misión no es una realidad territorial, sí podemos decir
que hay zonas más necesitadas por su marginalización en varios sentidos:
área extensa, problemática de pobreza, falta de recursos, distancia del
centro de la capital, zonas de invasión, y por lo mismo, de alto riesgo…
etc.
La Iglesia está invitada a “salir”, a “remar mar adentro”, a “ir a la
otra orilla”, a la otra margen, la de los que no conocen a Jesucristo, a
los marginados y a los que están lejos. Allá en la Galilea, junto a ese
mar en que Jesús de Nazaret predicó el Reino, existía “la otra orilla”,
la de los paganos, la otra orilla de los sirio-fenicios, de los
genezarenos, de los no-judíos… de la otra cultura. Varias veces Jesús
pasó a esa “otra orilla”, a curar, a hacer presente el Reino, a hacer el
bien.
Pablo, quien a sí mismo se llamó “Apóstol de los gentiles”, ante la no
aceptación del mensaje salvador por parte de los hermanos de su raza,
los judíos, se lanza al mundo de lo desconocido y emprende tres
maravillosos viajes en los que funda comunidades, les coloca
presbíteros, las visita y las acompaña con sus cartas y oraciones.
Hoy, nuestra Iglesia Arquidiocesana, debe “salir”, ir “a la otra
orilla”, que no es necesariamente otro continente, aunque puede y debe
hacerlo también. Pero esa “otra orilla” también es a veces “la otra casa
vecina”, la otra calle, la otra barriada o el otro edificio, la otra
parroquia, la otra Vicaría, la otra etnia o raza, la otra cultura, la
otra persona, sea quien sea.
Ir al otro, a los otros. Esto es cuestión de vida o de muerte. Para cada
cristiano, para cada comunidad, para toda la Iglesia; si no sale, su
misma fe, su misma subsistencia cristiana está en peligro. “La fe se
fortalece, dándola” nos dijo el recordado Papa Juan Pablo II (R.M. 2).
Por ello mismo, si no damos, si no compartimos ese tesoro que es nuestra
fe, que es Cristo mismo, su amor, nuestra vida de cristianos, nuestra
Iglesia se anquilosa y hasta puede morir.
Ningún cristiano, que se llame discípulo misionero, puede dormir
tranquilo mientras muchísimos hermanos mueren de anemia física y también
espiritual.
No soy ni puedo llamarme cristiano (léase a la luz de Aparecida
“discípulo misionero”), mientras viva instalado, tranquilo… y no me deje
tocar por la lacerante realidad que me rodea.
La Vicaría de San Cristóbal, comprende una extensa y marginada zona de
la provincia y de la Arquidiócesis de Panamá. Es un área bastante
difícil de atender social y espiritualmente. Los misioneros que aquí
trabajamos, hemos sentido la solidaridad y el apoyo de algunos
cristianos y de algunas parroquias del centro de Panamá. Agradecemos sus
continuos gestos de generosidad y nos gustaría decirles, que tal vez,
más necesitan ustedes de los pobres, que los pobres de ustedes y que
nuestras puertas están abiertas para que intercambiemos servicios,
nuestra fe, nuestro amor.
Volver |