Una fiesta y una conmemoración


 

Oscar Rodríguez Blanco, s. d. b.

El 1 de noviembre, tendremos la celebración de una fiesta que ha calado profundamente en la sensibilidad del pueblo de Dios, una celebración que transmite alegría y optimismo, es la fiesta de “todos los santos”. Al día siguiente, 2 de noviembre, habrá una “conmemoración” especial para recordar a los fieles difuntos. Ambas celebraciones forman una mezcla de sentimientos cruzados y evidentes contrastes. Alegría y fiesta por la gloria de los bienaventurados, y sentimientos de angustia y dolor por los que han muerto. Las ricas tradiciones y costumbres que abundan en ambos días forman parte de la cultura de nuestros pueblos: Misas, cantos, visitas a los cementerios, desfile de coronas, limpieza de tumbas, velas y manjares sobre las tumbas, y muchas otras costumbres.
Existe una multitud de personas que han muerto y que ya gozan de Dios en la eternidad. En el libro del Apocalipsis, San Juan nos dice “Vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos”( Apoc.7,9). De la mayoría de ellos no conocemos sus nombres; sólo algunos han sido canonizados o beatificados por la iglesia como modelos de vida cristiana. Al guardar en nuestros corazones su memoria y ejemplo, nos animan a vivir conforme al evangelio. Todo el que ha muerto en amistad con Dios y goza de su presencia, es santo; muchos entre ellos pueden ser nuestros familiares y amigos, y merecen que les celebremos su santidad. La fiesta de “todos los santos” no es solo para recordarlos sino para vivir el llamado a la santidad desde nuestra propia situación como solteros, casados, viudos o consagrados. Nos dice el Papa Benedicto XVI que «a veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre!».
El 2 de noviembre se realizará una especial conmemoración litúrgica, para recordar y orar por todos aquellos seres queridos que han muerto. La iglesia nos enseña que “los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo”. (Cat.1030). Desde los primeros tiempos de la iglesia se ha honrado la memoria de los difuntos y se han ofrecido oraciones por sus almas. Nuestra fe en Dios y la esperanza de la vida eterna, invitan a no desesperarnos ante la muerte de los seres queridos; la muerte no es el final de todo, es el inicio de un todo; es el inicio de una eternidad en donde ya no hay llanto ni dolor porque allí se goza de Dios, que es amor.
Creemos en un Cristo que ha sufrido y ha muerto; pero creemos, sobre todo, en un Cristo que ha resucitado. Dios no ignora nuestros problemas y angustias pues ha experimentado en su propia carne las dificultades y dolores propios de la vida humana. Sufrió, padeció y murió ajusticiado en la cruz; pero su amor ha sido más fuerte que la muerte, y por eso ha resucitado y vive entre nosotros. Vive para enseñarnos que, si Él murió y resucitó, también nosotros resucitaremos. Esta es nuestra fe y ésta es nuestra esperanza. Si como seres humanos expresamos dolor por los que han muerto, la fe nos anima a mirar con optimismo hacia la vida eterna, en donde solo hay paz y felicidad.

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