A TIRO DE PIEDRA
Y las fiestas patrias ¿qué?
El afán mercantilista de
algunos comercios provoca que en vitrinas e interiores, los almacenes
hayan adelantado la decoración navideña. Para este tipo de comerciante
pareciera no existir otra cosa que les ayude en sus ventas. Ni siquiera
las fiestas patrias les mueve a decorar, al menos con una bandera, sus
estanterías y sus salas de exhibición.
Indigna sobremanera esa afrenta contra la patria, porque es la tierra
que acoge y cobija al nacional y al extranjero que encuentra en ella el
lugar para realizarse, ya sea como persona, profesional o como
empresario. Y no es fenómeno nuevo, porque Gaspar Octavio Hernández,
periodista y patriota panameño, murió ante su máquina de escribir,
precisamente, cuando redactaba un editorial censurando, en el siglo
pasado, una situación similar a la que me ocupa.
La relajación de nuestro civismo es dañina en grado sumo, porque nos
desarraiga del patriotismo que nos liga a la nación y a nuestra
historia, para convertirnos en seres amorfos que sólo se arropan con la
bandera frente a un festival de goles o algún otro espectáculo que, por
igual, se comparte con el confite y con el güaro. Cuán bajo hemos caído.
Nuestros símbolos patrios, principalmente la bandera, deben exhibirse
con respeto y fervor en cada vitrina, cada balcón y cada ventana de
locales y viviendas. Es una forma de expresar nuestra vocación como
pueblo y nación, que debe manifestarse de manera conciente de lo que
hemos sido y lo que somos; de nuestro origen y de lo que queremos ser.
Un dólar se gana hoy o se pierde mañana, pero el patriotismo se siente y
se lleva aquí y acullá.
¿Dónde están ese panameño y esa panameña de verdad? ¿Dónde el
nacionalismo de los chateadores que, al competir una compatriota nuestra
con una tica, se lanzaron a la calle a gritar Panamá, Panamá, hasta
quedar con ronquera? Quiero ver a esos hombres rudos y mujeres bellas
que, según Gaspar Octavio Hernández, en patriotismo férvido se inflaman.
Ya hay pocos, porque ahora prima el tener y no el ser. Nos consume el
cáncer de la masificación y del día libre para “rumbear”. Ni siquiera
visitamos las tumbas de nuestros ancestros, porque eso es cosa de viejas
y aburridos, convirtiendo en bastardos sociales a los que ya no saben ni
quién era su abuelo o su abuelo, y menos sus bisabuelos o tatarabuelos.
¡Qué desgracia!
Poco a poco nos mata la avaricia mercantilista, que ni siquiera tiene
audacia o el ingenio de sacar provecho monetario del patriotismo. Y
esos, que saben bien donde sacar un dólar, ya conocen que de patriotismo
el panameño tiene poco o nada. La bandera ya no despierta emoción,
porque la han convertido en una capa que deviene en vestimenta para
arroparse en el estadio. La han trastocado en un objeto de plástico, que
se tira al suelo de la calle y la acera por ser un artículo desechable.
Si un resabio de patriota queda en alguno de nosotros, que no nos
acobardemos ante tanta ignominia. Enseñemos al que no sabe a apreciar y
respetar la bandera. Digámosle que por ella han muerto muchos y que, en
ella, también, se han inspirado los que han alcanzado triunfos y éxitos
representando a Panamá. Repitamos con el poeta: ¡Bandera de la Patria!
Sube…sube hasta perderte en el azul…Y luego de flotar en la tierra del
querube, de flotar junto al velo de la nube, si ves que el hado ciego en
los istmeños puso cobardía, desciende al istmo convertida en fuego y
extingue con febril desasosiego a los que amaron tu esplendor un día.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
Volver |