LA VOZ DEL PASTOR

Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar
Del Amor y los Trasplantes
Hay personas que tienen una percepción del
catolicismo como estrechamente ligado a cuestiones de sexualidad, tanto
que es su cuestión central. Quizás porque es temática que fácilmente
puede verse reflejada en medios de comunicación social, o porque les ha
llegado en aire de polémica. Sin embargo, lo que es clave para el
catolicismo es Jesucristo y lo que Él dice y hace, que nos llega por los
Evangelios; y ellos nos hablan del amor de Dios por nosotros, todos los
humanos, en particular los más pobres, vulnerables, y del mandato de que
amemos así como Jesús nos ha amado y nos ama, amor del Padre en fuerza
del Espíritu. De esto se trata, del amor manifestado en Cristo Jesús.
Sin este amor no hay catolicismo y es movidos por este amor que no se
puede ser indiferente ante cuestiones tan hondamente humanas como
matrimonio, familia, sexualidad, organización social, economía, y tantas
otras. No hay pretensión de imponer la visión a quien no comparte la
misma fe; y aún dentro de ésta caben y se dan distintas sensibilidades.
Pero racionalmente se encuentran puntos comunes con todos los hombres y
mujeres de buena voluntad. No es exclusiva de los católicos la defensa y
promoción de la dignidad humana, del valor de la vida humana desde su
inicio hasta su término natural, por ejemplo. Es terreno compartido; y
también lugar donde el católico con testimonio dialogante invita a la
excelencia.
Otro campo común en la defensa de la vida y promoción de la dignidad
humana, del bien integral de la persona humana, es el que nos ha abierto
la gran conquista de la ciencia al servicio del hombre: el trasplante de
órganos. Toda auténtica cultura es cultura de vida; por ello debemos
sensibilizar y promocionar la donación de órganos para ofrecer
oportunidades de vida a enfermos, quizás hasta desahuciados desde luego,
que para trasplantes realizados según criterios éticamente aceptables.
En particular, nuestra gente joven es tan generosa que en la invitación
que se les hace a vivir el amor de Jesucristo, se les abre el horizonte
de que una expresión de este amor lo puede ser la decisión, en su
momento, de donar sus propios órganos. Pero esto es también necesario
para toda la población, lograr una cultura de donación de órganos.
Es claro que la donación de un órgano, sin ninguna recompensa, es un
acto de amor y una decisión de gran valor ético; porque se trata de
donar no simplemente algo que nos pertenece como una cosa, sino de donar
algo de la misma persona, del propio cuerpo, para la salud y bienestar
de otra persona. Por lo mismo, todo procedimiento encaminado a
comercializar órganos humanos o a considerarlos como artículos de
intercambio o de venta, resulta moralmente inaceptable, dado que usar el
cuerpo "como un objeto" es violar la dignidad de la persona humana.
Ahora bien, quien voluntariamente se presente para donar un órgano o
para firmar un documento autorizándolo en el momento de la muerte, debe
recibir todo lo necesario para que se trate de un “consentimiento
informado” sobre los procesos que implica; así podrá expresar, de modo
consciente y libre, su consentimiento o su negativa. Aquí, análogamente,
el consentimiento de los parientes tiene su validez ética cuando falta
la decisión del donante. Lógicamente, los órganos vitales singulares
sólo pueden ser extraídos después de la muerte, es decir, del cuerpo de
una persona ciertamente muerta, lo cual implica los "criterios" para
certificar la muerte que la medicina utiliza hoy, en lo que la Iglesia
no hace opciones científicas y se limita a, evangélicamente, confrontar
los datos que brinda la ciencia médica con la concepción cristiana de la
unidad de la persona y el posible riesgo de poner en peligro el respeto
a la dignidad humana, si lo hubiere; siempre buscando la certeza moral
para el actuar.
También cuestión ética de importancia es la de la asignación de los
órganos do-nados. Habiendo más necesidad médica de órganos que
donaciones hay, se necesita confeccionar listas de espera o establecer
prioridades, según criterios claros y bien razonados. Estos no serán
"discriminatorios" (basados en la edad, el sexo, la raza, la religión,
la condición social, etc.) o "utilitaristas" (basados en la capacidad
laboral, la utilidad social, etc.). Lo que sí hay que tomar en cuenta
son los factores inmunológicos y clínicos.
Que en este campo de defensa de la vida también crezcamos como país y
como discípulos misioneros.
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