LA VOZ DEL PASTOR

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Benedicto XVI hace un balance de su viaje
a Francia
Ofrecemos parte de la intervención que pronunció
este miércoles 17 de septiembre Benedicto XVI durante la audiencia
general que concedió a los peregrinos congregados en el Aula Pablo.
Queridos hermanos y hermanas:
El encuentro de hoy me ofrece la oportunidad de volver a recorrer los
momentos de la visita pastoral que he llevado a cabo en los días pasados
a Francia; visita culminada con la peregrinación a Lourdes, con ocasión
del 150 aniversario de las apariciones de la Virgen a santa Bernadette.
Mientras doy fervientes gracias al Señor que me ha concedido una tan
providencial posibilidad, expreso nuevamente un vivo reconocimiento al
arzobispo de París, al obispo de Tarbes y Lourdes, a los respectivos
colaboradores y a todos aquellos que de diversas formas han cooperado al
éxito de mi peregrinación. Doy las gracias cordialmente también al
presidente de la República y a las demás autoridades que me han acogido
con tanta cortesía.
La visita empezó en París, donde he encontrado idealmente a todo el
pueblo francés, honrando así a una amada nación en la que la Iglesia, ya
desde el II siglo, ha desarrollado un fundamental papel civilizador. Es
interesante que, precisamente en este contexto, haya madurado la
exigencia de una sana distinción entre la esfera política y la
religiosa, según el célebre dicho de Jesús: "Dad al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios" (Mc 12,17). Si en las monedas romanas
estaba impresa la efigie del César y por esto se le debían dar, en el
corazón del hombre está la impronta del Creador, único Señor de nuestra
vida. La auténtica laicidad no es por tanto prescindir de la dimensión
espiritual, sino reconocer que precisamente ésta, radicalmente, es
garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades
terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la
conciencia humana sabe acoger y realizar.
En esta perspectiva se enmarca la amplia reflexión sobre el tema: "Los
orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea",
que desarrollé en el encuentro con el mundo de la cultura, en un lugar
elegido por su valor simbólico. Se trata del Collège des Bernardins
(Colegio de los Bernardinos, nde.), que el fallecido cardenal Jean-Marie
Lustiger quiso revalorar como centro de diálogo cultural, un edificio
del siglo XII construido por los cistercienses, donde han estudiado los
jóvenes. Por tanto, allí está la presencia de esta teología monástica
que ha originado nuestra cultura occidental. El punto de partida de mi
discurso fue una reflexión sobre el monaquismo, cuya finalidad era
buscar a Dios, quaerere Deum. En una época de crisis profunda de la
civilización antigua, los monjes, orientados por la luz de la fe,
eligieron la vía maestra: la vía de la escucha de la Palabra de Dios.
Fueron, por tanto, los grandes cultivadores de la Sagrada Escritura, y
los monasterios se convirtieron en escuela de sabiduría y escuelas
dominici servitii, "del servicio del Señor", como los llamaba san
Benito. La búsqueda de Dios llevaba a los monjes, por su naturaleza, a
una cultura de la palabra. Quaerere Deum, buscar a Dios, lo buscaban en
el surco de su Palabra y debían por tanto conocer cada vez más en
profundidad esta Palabra. Era necesario penetrar en el secreto de la
lengua, comprenderla en su estructura. Para buscar a Dios, que se nos ha
revelado en la Sagrada Escritura, eran muy importantes las ciencias
profanas, de cara a profundizar en el secreto de las lenguas. Se
desarrolla en consecuencia en los monasterios aquella eruditio que
habría consentido la formación de la cultura. Precisamente por esto,
quaerere Deum - buscar a Dios, estar en camino hacia Dios, sigue siendo
hoy como ayer la vía maestra y el fundamento de toda verdadera cultura.
De la búsqueda de Dios es expresión artística también la arquitectura, y
no hay duda de que la catedral de Notre-Dame en París constituye un
ejemplo de valor universal. Dentro de este magnífico templo, donde tuve
la alegría de presidir la celebración de las Vísperas de la Beata Virgen
María, exhorté a los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las
religiosas y los seminaristas venidos de todas partes de Francia, a dar
prioridad a la escucha religiosa de la divina Palabra, mirando a la
Virgen María como modelo sublime. En el pórtico de Notre-Dame saludé
después a los jóvenes, que habían acudido numerosos y entusiastas. A
ellos, que iban a dar comienzo a una larga vigilia de oración, les
entregué dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo y la Cruz. El
Espíritu abre la inteligencia humana a horizontes que la superan y le
hace comprender la belleza y la verdad del amor de Dios revelado
precisamente en la Cruz. Un amor del que nada podrá separarnos, y que se
experimenta entregando la propia vida a ejemplo de Cristo. Tras una
breve parada en el Instituto de Francia, sede de las cinco Academias
nacionales: siendo yo miembro de una de las Academias, pude ver con gran
alegría a mis colegas. Y después mi visita culminó con la celebración
eucarística en la Explanada de los Inválidos. Haciéndome eco de las
palabras del Apóstol Pablo a los Corintios, invité a los fieles de París
y de toda Francia a buscar al Dios vivo, que nos ha mostrado su
verdadero rostro en Jesús presente en la Eucaristía, alentándonos a amar
a nuestros hermanos así como Él nos ha amado a nosotros.
Después me dirigí a Lourdes, donde pude unirme a miles de fieles en el
"Camino del Jubileo", que recorre los lugares de la vida de santa
Bernadette: la iglesia parroquial con la fuente bautismal donde fue
bautizada; el "Cachot" (la cárcel, nde.) donde vivió de niña en gran
pobreza; la Gruta de Massabielle, donde la Virgen se le apareció 18
veces. Por la tarde participé en la tradicional Procesión de las
antorchas, estupenda manifestación de fe en Dios y de devoción a su y
nuestra Madre. Lourdes es verdaderamente un lugar de luz, de oración, de
esperanza y de conversión, fundadas sobre la roca del amor de Dios, que
ha tenido su revelación culminante en la Cruz gloriosa de Cristo.
Por una feliz coincidencia, el domingo pasado la liturgia recordaba la
Exaltación de la Santa Cruz, signo de esperanza por excelencia, porque
es el máximo testimonio del amor. En Lourdes, en la escuela de María,
primera y perfecta discípula de Cristo, los peregrinos aprenden a
considerar las cruces de su propia vida a la luz de la Cruz gloriosa de
Cristo. Apareciéndose a Bernadette, en la Gruta de Massabielle, el
primer gesto que hizo María fue precisamente el Signo de la Cruz, en
silencio y sin palabras. Y Bernadette la imitó haciendo a su vez el
Signo de la Cruz, aunque temblándole la mano. Y así la Virgen dio una
primera iniciación en la esencia del cristianismo: el Signo de la Cruz
es la suma de nuestra fe, y haciéndolo con corazón atento entramos en el
pleno misterio de nuestra salvación. ¡En ese gesto de la Virgen está
todo el mensaje de Lourdes! Dios nos ha amado que se ha dado a sí mismo
por nosotros: éste es el mensaje de la Cruz, "misterio de muerte y de
gloria".
Queridos hermanos y hermanas, damos gracias juntos al Señor por este
viaje apostólico rico de tantos dones espirituales. Particularmente, le
alabamos porque María, apareciéndose a santa Bernadette, ha abierto en
el mundo un espacio privilegiado para encontrar el amor divino que cura
y salva. En Lourdes, la Virgen Santa invita a todos a considerar a la
tierra como lugar de peregrinación hacia la patria definitiva, que es el
Cielo. En realidad todos somos peregrinos, tenemos necesidad de la Madre
que nos guía; y en Lourdes, su sonrisa nos invita a seguir adelante con
gran confianza en la conciencia de que Dios es bueno, Dios es amor.
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