Editorial
Seguridad laboral
Doloroso, por decir lo menos, resulta la muerte de
personas por la falta de precaución en el ejercicio de sus labores. Tal
es el caso de los trabajadores que murieron en las instalaciones de un
supermercado de la ciudad, al inhalar los gases tóxicos que emanaban del
tanque séptico que limpiaban.
Al momento ignoramos si hacían esa labor por instrucciones de la
empresa, por iniciativa propia al percatarse de la inmundicia, o
compelidos por alguna otra razón. Cualquiera que haya sido el motivo,
les condujo a la muerte. Quienquiera que haya tomado la decisión de
limpiar el tanque séptico, lo hizo sin respetar las reglas de seguridad
laboral que se exigen para esos menesteres.
Las autoridades de trabajo, los empresarios, los sindicatos y toda
persona que desempeñe un oficio o profesión deben instruirse, a carta
cabal, las normas de seguridad laboral y practicarlas de manera
estricta. Sólo bajo una sana disciplina con respecto a ellas, se logrará
mitigar el riesgo de muerte en los sitios de trabajo, y erradicar la
costumbre generalizada de subestimar el peligro que supone trabajar
jugándose la vida, porque no va a pasar nada si se “sabe hacer” o si se
tiene “experiencia y confianza en uno mismo”. Craso error, que a menudo
se paga caro.
¿Cuántas muertes más se necesitan para que cambien las cosas? Tanto
quien pide el trabajo, como quien lo ejecuta, tienen la obligación de
exigir y respetar el cumplimiento de las normas de seguridad laboral. Y
ojalá, en el caso que nos ocupa, la justicia sepa reclamarle a quien lo
merezca, la parte de responsabilidad que le corresponde en el suceso de
esa tragedia.
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