A TIRO DE PIEDRA
Bella Vista
El barrio que recorrí desde
mi adolescencia con gran deleite languidece a pasos agigantados. Ninguna
de las gigantescas torres que se levantan ahora tiene la belleza y el
esplendor de las casas antiguas. Los espigados cajones de cemento y
cristal devoran, con voraz apetito, los jardines y árboles, así como
exquisito trabajo de la mampostería.
Bella Vista y La Exposición me son familiares desde hace mucho tiempo.
Mi abuela vivió por esos lares durante muchos años, y yo la visitaba a
menudo. Todos los viernes, al terminar la semana escolar, me allegaba
desde el mediodía hasta la tarde, y los domingos después de misa, a
partir de la media mañana hasta media tarde. Recorría el camino a pie
desde mi escuela en Paitilla, y desde el Casco Antiguo. Sólo este último
barrio tiene primacía sobre Bella Vista, en mi gusto por la ciudad
capital. Pero los asesinos arquitectónicos no perdonan nada.
No soy enemigo del progreso: al contrario, me gusta; pero no a costa de
lo que representa nuestra historia y nuestra particularidad como ciudad.
Hay otros sitios donde pueden levantarse esas moles de concreto, y que
bien podrían mejorar el urbanismo y la situación social de una parte de
la población. Si la millonada que se ha gastado, y se gasta, en destruir
Bella Vista se le hubiera dado a los moradores de Curundú, a algunos
sectores de Pueblo Nuevo, y de Río Abajo y Juan Díaz, mucha gente
tendría viviendas dignas y el urbanismo capitalino habría contribuido a
la creación de una capital moderna y ordenada. Lamentablemente se
decidió por destruir a Bella Vista y a San Francisco.
Durante estos días de vacaciones, si el tiempo es favorable, trataré de
levantar un inventario fotográfico de lo que aún queda en pie en Bella
Vista. Poco queda ya en pie, para lo que había antes. El hermoso
conjunto arquitectónico bellavistino se pierde. Nada ocupará su lugar.
Difícilmente encontramos una manzana en su estado original. Los
gigantescos mamotretos semejan los dientes de una fiera, que se hincan
despiadadamente sobre cualquier lote o propiedad que sucumba ante la
presión de los millones que se ofrecen por ellos.
Si algo de honorabilidad tenemos como país, institucionalmente hablando,
bien haríamos en atender el llamado de los vecinos de los barrios en
peligro y de las asociaciones, como Alianza Pro Ciudad o la SPIA
(Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos), que advierten sin
descanso sobre el daño que constantemente se le inflige al entorno
urbano citadino.
La belleza que atrajo a los inversionistas, la están destruyendo sin
asco ni consideración. Ninguno de los rascacielos hasta ahora
construidos supera, en belleza y gusto, a las construcciones
bellavistinas. La vista y el ambiente bucólico que ofrecieron a los
compradores se han trocado por otras. Si continúa la hecatombe, al final
habremos perdido uno de los sectores más bonitos y representativos de la
Ciudad de Panamá. Si no se hace algo urgente, solo nos quedará la
nostalgia de alguna foto, tal como sucede con la Avenida Central. ¡Qué
lástima!
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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