A TIRO DE PIEDRA
Chico
Cuarenta años en la esquina
de la Calle 10ª con la Avenida Central, junto a la antigua sede del
First National Ciy Bank, vendiendo raspados, pasó Chico hasta hace poco.
Sus fuerzas ahora mermadas y su enfermedad pulmonar, le impiden ganarse
la vida con su oficio y depende de la buena voluntad de los transeúntes
y conocidos.
Hace poco me enteré de su padecimiento, un enfisema pulmonar que le
corta la respiración y apenas le permite hablar con dificultad. Había
preguntado por él, porque no lo veía en su puesto. Un hermano de la
comunidad parroquial me dio la noticia, y me dijo que Chico pide limosna
frente al viejo edificio de la Lotería Nacional, en el Casco Antiguo,
muy cerca de donde solía instalar su carretilla de raspados. Me quedé
impresionado al momento y pensé en encontrarlo para saludarlo y darle
alguna palabra de aliento.
Chico ha sido un hombre trabajador, y muchos lo conocimos cuando éramos
niños y pasábamos junto a su carretilla. El ruido de la máquina al
raspar el hielo y el olor al sirope que preparaba hacía que más de uno
deseara un raspado. A veces no había para comprarlo, y teníamos que
conformarnos con la mirada y el olor. A veces esa mirada era tan
conmovedora, que Chico fiaba o regalaba el raspado. No en pocas
ocasiones había que negarse, porque nuestros padres nos instruían acerca
de aceptar regalos en la calle o tomar cosas encontradas para nosotros.
Por la apariencia de Chico, algunos decían que era italiano. En esa
creencia estuve por años, hasta que un día se lo pregunté. Chico, con
una sonrisa me dijo: soy italiano de Chiriquí. Ya hecho adulto, al igual
que otros, mi saludo y conversación con Chico eran más de un amigo o de
alguien agradecido por la amabilidad y el consejo bueno que, de niño,
recibió de aquel hombre.
El año pasado un presentador de televisión le hizo un reconocimiento, y
le regaló una carretilla nueva para la venta de sus raspados. Quizá es
el único homenaje público que se le ha hecho en su vida.
A mediados de la semana pasada lo encontré sentado en el umbral del
otrora almacén de Peikard & Kardonski, allí donde me dijeron, frente a
la vieja Lotería. Iba yo en la procesión de Santa María La Antigua y me
acerqué a él. Le saludé efusivamente y conversamos un rato. Aún en el
evidente malestar, Chico sonríe. Sabe que no le queda mucho tiempo. Se
conmueve al ver las caras conocidas y se emociona; tanto que los ojos se
le humedecen, pero habla con ánimo, aunque trabajosamente. Me dijo que
se sienta ahí los martes y los viernes, a esperar lo que venga de la
Divina Providencia.
Chico está agradecido por la vida que le ha dado Dios. A pesar de su
realidad, no reniega. Un hombre trabajador; un humilde vendedor de
raspado, ahora vive del amor y la caridad del prójimo. Nunca fue vago ni
mal hablado, en estos últimos 40 años que estuvo en la esquina de la
Calle 10ª y Central. Ahora cumple otra jornada doblemente dolorosa: el
no poder trabajar, y el tener que pedir limosna. Gracias al Señor tiene
conocidos y gente que lo aprecia, y que cultivó por muchos años con el
buen decir y la actitud de un hombre honrado y respetuoso a carta cabal,
que le dan el auxilio del día. La mano que se extendía para entregar el
raspado, y vaciar el sirope, la leche y la miel generosamente, ahora se
extiende para poder comer. Quiera Dios que las otras se extiendan,
también, generosamente.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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