LA VOZ DEL PASTOR

Mons. Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de la Diócesis de Colón - Kuna Yala
Pentecostés, fiesta que transforma
Los apóstoles a pesar de haber visto al Maestro
Resucitado permanecían encerrados movido por cierto temor. Pero en el
día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre el colegio
apostólico, quienes gozaban de la compañía de la Virgen María. Movidos
por la gracia recibida, los apóstoles salieron de la casa en que se
escondieron temerosos y predicaron públicamente el Mensaje de Salvación.
Se dio en ellos un cambio radical, que los identificó con Jesucristo
mediante la recepción del Espíritu Santo. Se sintieron impulsados a
hacer partícipes a los demás de la riqueza de la salvación recibida. En
el amor el que los movía: amor a Dios y a los hermanos. Un amor fuerte y
encendido que eliminaba el temor y los llenaba de una explosiva y
contagiosa alegría.
El Espíritu Santo tercera Persona de la Santísima Trinidad, procede
también del Padre, como el Hijo. Es enviado por el Hijo, Jesucristo, de
parte del Padre, para que nos conduzca a todos los cristianos hacia la
verdad plena. Esta plenitud de la verdad se manifiesta claramente en la
fiesta de hoy con una enseñanza que vale la pena resaltar: la
fraternidad que adquirimos en Cristo los hombres de todo origen y
condición. Hoy vemos que el anuncio de la salvación alcanza a todos los
hombres, vengan de donde viniera, y a cada uno le convoca en forma
directa e inequívoca, en su propia lengua.
La Iglesia convoca hoy a todos sus hijos hacia el deber de anunciar a
Jesucristo con su vida y sus palabras. Todos los bautizados estamos
llamados a anunciar el mensaje de salvación recibido. Es el Espíritu
Santo el que nos llenará de valor para anunciar con palabras y hechos la
salvación que ya hemos recibido. Hace falta el Espíritu Santo para que
anime y dé valor a muchos laicos que se conforman con un compromiso
mínimo de asistir a misa el domingo y allí termina su compromiso con el
Señor. Hace falta el Espíritu Santo para que las energías que se gastan
en la catequesis vengan animadas por Él, para que anime a los niños y
jóvenes y reciban la vida de Dios para que transforme su existencia.
Hace falta el Espíritu Santo para que entre en las familias y sean
ejemplo y testimonio del amor de Dios. Hace falta el Espíritu Santo para
que siga llamando a más jóvenes a la vida consagrada y en el Seminario
Mayor los seminaristas se enamoren de su llamado. Hace falta el Espíritu
Santo para que el trabajo social que realice la Iglesia sea motivado por
amor a Dios, y de allí entonces no descuidar a los pobres, indigentes y
desheredados sabiéndoles llevar a Cristo.
La llegada del Espíritu Santo sobre la Iglesia es constante y quiere
refrescar y vigorizar a sus miembros. Donde el Espíritu del mal divide y
envenena, el Espíritu Santo une y santifica devolviendo la vida en
plenitud. Donde la malicia diabólica niega a Dios y trata de ocultarlo
en la vida de los hombres, el Espíritu Santo confiesa a su Señor y lo
proclama en medio de las actividades humanas a través de nuestra
fidelidad. Donde el padre del engaño tiende oscuridades para
desconcertar, la luz de la verdad es traída por el Espíritu para que
alcancemos a conocer realmente a Dios, a los demás, y a nosotros mismos.
Donde el frío egoísmo elimina la piedad, el calor de la gracia enseña el
camino de la entrega por amor. Donde la mentira y la corrupción parecen
triunfar, la verdad y la honestidad fruto del Espíritu vencerán.
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