El padre Claret, confesor real


 

Reinaba en España Isabel II, una mujer noble, sencilla, de profundos sentimientos religiosos, pero rodeada de unos políticos intrigantes, ambiciosos que no merecían la confianza de la soberana. Había muerto el confesor de la Reina, el Arzobispo de Toledo. Isabel II necesitaba en la corte un hombre honesto, que la aconsejara rectamente sin intereses bastardos. Hasta la corte de Madrid había llegado la fama de santidad del Arzobispo de Santiago de Cuba. La Reina mandó llamarlo para hacerlo su confesor y director espiritual de la familia real. El padre Claret tiene que dejar su querida arquidiócesis cubana y quedan truncados todos los planes y proyectos de evangelización y de promoción humana que se estaban llevando a cabo. El Arzobispo Claret llega a Madrid con la oposición de no pocos políticos, que presentían en el nuevo confesor de la Reina un adversario fuerte a sus ambiciones políticas. El padre Claret consulta con algunas personalidades de su confianza sobre la conveniencia de aceptar el nuevo cargo que se le ofrecía, y apoyado, sobre todo, por la insistencia de la Reina, acepta ser su confesor y director espiritual de la familia real. Sólo pone tres condiciones: que no lo metan en política, que no le hagan perder tiempo en antesalas de espera y que, cumplidos sus deberes en palacio, quede libre para dedicarse a otros ministerios. La Reina aceptó con mucho gusto las condiciones que le proponía el santo Arzobispo. Pero los políticos adversos a la Iglesia atacaron al confesor real con intrigas y calumnias inauditas. El Arzobispo saneó todo lo que pudo la vida y costumbres de la corte de España. La Reina y sus azafatas hacían todos los años los ejercicios espirituales y rezaban todos los días sus devociones, como el Santo Rosario. Al padre Claret, siempre misionero, le quedaba tiempo para predicar, dar retiros, dirigir tandas de ejercicios espirituales a toda clase de personas, etc., etc. Cuando Isabel II visitaba las diferentes regiones de España en la comitiva real siempre iba su confesor y, mientras la Reina cumplía sus obligaciones políticas y era atendida por las autoridades, su confesor visitaba a los presos en las cárceles, a los enfermos en los hospitales, a las monjas de clausura en sus conventos, acudía a la catedral y a otras iglesias para predicar al pueblo. Este, cautivado por el prestigio del Santo Arzobispo, llenaba los templos para escuchar sus sermones. Hubo día en que predicó hasta diez veces. Fue así como el P. Claret se convirtió en el misionero de toda España.

Comunidad claretiana

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