Editorial
Pentecostés
Concluimos el periodo pascual con la Solemnidad de
Pentecostés, rememorando y haciendo vida, al mismo tiempo, la venida del
Paráclito intercesor que nos prometió nuestro Señor Jesucristo. El
Espíritu Santo de Dios, que descendió sobre los apóstoles, el mismo que
recibimos en el bautismo, es el guía de todo cristiano y todo creyente
en Cristo Jesús nuestro Señor.
Durante 50 días hemos tenido la oportunidad de vivir el gozo de la
Resurrección de Cristo de manera especial, y que hemos de mantener en
nuestras vidas renovándonos con la oración diaria y la práctica de fe
como personas y como comunidad. Esa oración y esa práctica tienen un
nervio motor, que la hace funcionar: el Espíritu Santo, tercera persona
de la Trinidad, que con el Padre y el Hijo hacen uno.
Nuestro Pentecostés diario es encontrarnos con el Señor, y pidiéndole en
toda ocasión que nos envíe el Espíritu Intercesor prometido. Cada acto
de nuestra vida debe ser iluminado por la acción del Espíritu Santo,
porque no vivimos de casualidades ni de la suerte, sino de la
Providencia Divina y de acción salvífica del sacrificio de Cristo, que
resucitó para darnos la vida y en abundancia.
Que al concluir este tiempo litúrgico pascual no nos vayamos a nuestro
Emaús, pensando que todo ha terminado. Si así fuere el caso, que no
vacilemos en volver al encontrar al Señor en el camino, y reconocerlo al
partirse el pan en cada Eucaristía y en el ardor de nuestros corazones
al escuchar su Palabra.
Volver |