LA VOZ DEL PASTOR

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago
Testigos de la misericordia
de Dios en el mundo
El misterio pascual del Señor y nuestra participación en él es la cumbre
de la obra misericordiosa de Dios. En efecto, la pasión y muerte
salvíficas del Señor, su sepultura y su resurrección gloriosa nos han
alcanzado el perdón de los pecados y la participación en la vida misma
de Dios. Ello ha sido posible gracias a la mediación histórica de la
Iglesia, que proclama este misterio, lo celebra en su liturgia y lo
atestigua en su actividad cotidiana. Escuchada la predicación de la
Iglesia, podemos pedir la fe, que nos transmite la vida eterna, la
comunión con el Padre, por el Hijo en el Espíritu, a través del
bautismo, la confirmación y la primera eucaristía.
De este modo, quedamos incorporados en la Iglesia, que es, en Cristo,
como una señal o un sacramento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano (cf LG 1) Misterio de comunión y misión,
la Iglesia nace del costado de Cristo, como Eva de una costilla de Adán.
Ella es la nueva Eva, la fecunda esposa del Cordero, con quien comparte
la vocación y la misión salvíficas. Ella, como Jesús, debe proclamar la
soberanía y paternidad absolutas de Dios, el perdón de los pecados, y
llamar a los hombres y mujeres a la fe y la conversión.
El tiempo de la Iglesia es el tiempo que media entre la ascensión o
glorificación del Señor y su segunda venida o parusía. Es el tiempo de
la efusión del Espíritu, el tiempo de la misión. En este tiempo, Jesús,
constituido Señor y Mesías, por su misterio pascual, reina de un modo
progresivo, en ámbitos cada vez más amplios, conforme avanza la obra
salvífica de la Iglesia, que combate los ídolos, y llama a la fe en el
misterio pascual de Cristo, por la predicación que ilumina, la liturgia
que santifica y el testimonio que interpela. En la medida en que los
oyentes responden con fe y conversión a esta palabra, crece el número de
los creyentes en Cristo, y se dilata su reinado. Jesús debe reinar hasta
someter a todos sus enemigos, a saber, todas las realidades que se
oponen a la salvación de la humanidad. Sometido el último enemigo, la
muerte, Jesucristo entregará el reino al Padre (cf 1 Cor. 15:24-28).
Jesucristo es el Pontífice misericordioso y fiel y el Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo. Une a los hombres con Dios y entre sí. Y
envía a la Iglesia, con la fuerza de su Espíritu, a anunciar esta buena
noticia a todos los pueblos. Por eso, todos los evangelios terminan con
el encargo misional. La Iglesia no debe rehuir el contacto con el mundo,
por temor, comodidad o prejuicio. Antes bien, debe ir a su encuentro
para redimirlo y consagrarlo a Dios. Debe estar en el mundo sin ser del
mundo. No debe permitir que nadie pretenda restringir su actividad al
ámbito de lo estrictamente privado. Fiel al misterio de la encarnación
del Verbo, sabe que nada de lo auténticamente humano puede serle
extraño. Está lista para reconocer las semillas del Verbo allí donde
están latentes; anunciar la salvación integral de todos los hombres y
mujeres, y denunciar cualquier atentado contra la vida y la dignidad de
las personas, sobre todo, las más débiles, indefensas y vulnerables.
Al inicio del libro de los Hechos de los apóstoles, el Señor nos anuncia
que, recibida la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, daremos
testimonio de su misterio en forma concéntrica hasta abarcar el mundo
entero (Hechos 1:8). El sigue presente con nosotros en la misión, en su
nueva condición gloriosa, como Señor y Mesías, es verdad, pero también
como amigo y colaborador. ¿Acaso no es Él quien obra señales prodigiosas
en la comunidad, como la curación del indigente lisiado de la puerta
hermosa del templo? (cf Hech 3:1-10). Y acaso no es Él quien se aparece
a los discípulos en plena faena misional, para recomendarles que arrojen
las redes a estribor, con el resultado de una pesca milagrosa, por lo
abundante? ¿No es Él quien les prepara el alimento y se los distribuye?
(cf Jn 21:1-14).
El amor misericordioso de Dios es su amor fiel y constante o su
fidelidad y constancia amorosa. La prueba de que Dios nos ama, dirá san
Pablo, es que cuando éramos enemigos suyos entregó a su Hijo por
nosotros (cf Rom 5:8). Y Juan nos dirá que Dios nos ha amado primero y
ha entregado a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (cf 1 Jn
4:10).
El misterio pascual de Cristo es testimonio elocuente de este amor que
revela el ser de Dios como amor oblativo, es decir, sacrificial y
abnegado, y erótico, es decir unitivo y posesivo. ¿ Cómo vamos a
responder a este testimonio? Puesto que Jesucristo, rostro humano de
Dios, y rostro divino del hombre, ha sido el instrumento para dárnoslo a
conocer, debemos acoger su testimonio, responder a él con fe, y
convertirnos en testigos incansables del amor misericordioso de Dios en
este mundo, anegado por la violencia y el egoísmo y, por eso mismo,
sediento de misericordia.
Volver |