Editorial
Cierre de calles
Cada día es más común el cierre de carreteras y
avenidas como medida de protesta por parte de grupos y pobladores de
comunidades, con el consiguiente efecto de incomodidad y perjuicios a
terceros. Es un acto reprobable, sin duda, pero que, también, nos obliga
a hacernos ciertos cuestionamientos.
¿Por qué se recurre a ese método? Para algunos es una medida de presión,
que se enmarca dentro de su ideología o proceder político; para otros,
el único canal válido para que sus reclamos sean escuchados. De los
primeros, dificilmente podemos esperar un cambio; en cuanto a los
segundos, es tarea de la sociedad política y la sociedad civil crear los
espacios y las vías para que el clamor de la comunidad sea atendido de
manera expedita y eficaz.
Si analizamos las causas de las protestas que devienen en cierre de
calles y carreteras, nos daremos cuenta que muchas de ellas responden a
la falta de respuesta de la autoridad. Nuestro sistema centralista
impide, en muchos casos, que la autoridad más cercana a la población,
como el alcalde o el gobernador, dé la respuesta que necesita el pueblo
en materia de atención a la infraestructura pública, la seguridad
ciudadana, o servicios básicos como la provisión de agua potable,
recolección de basura, o cuidado ambiental.
Necesitamos invertir en democracia; pero invertir no sólo dinero, sino
recurso humano, planes y estrategias, educación cívica, y oportunidades
de participación efectiva por parte de la población. El día que lo
hagamos, veremos como pasamos del cierre de vías al poder ciudadano
fundado en el diálogo y la resolución pacífica de los conflictos.
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