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Cuidar los bienes de la tierra como un don de Dios

José M. Villverde. SJ
JUSTICIA. solidaridad y paz son conceptos íntimamente relacionados: sin
justicia y solidaridad no es posible una paz duradera; sin paz,
difícilmente florecerán la solidaridad y la justicia. Quizá sea éste el
motivo de que el Papa, tras las anteriores intenciones relacionadas con
la paz, oriente su mirada a la sabia, justa y solidaria administración
de los bienes de la tierra, condición imprescindible para lograr la paz.
El don de la tierra
La identificación del hombre con la tierra es ancestral. La tierra
cohesiona al grupo que se asienta en ella y éste, en correspondencia, la
cuida y ama. No es un simple terreno, sino un espacio con nombre propio:
Patria, Tierra Prometida, Tierra Santa, pachamama... Parecería que la
relación hombre-tierra estaba llamada a desaparecer en nuestra cultura
urbana y tecnificada. Muy al contrario, el ambiente cargado de las
ciudades induce a sus habitantes a salir periódicamente al campo para
reencontrarse con la madre tierra. Entre una y otra escapada buscan
sosiego en los parques urbanos, remedos de una naturaleza añorada. El
don de la tierra no es solamente el manto vegetal que posibilita la
producción agrícola y ganadera, o los recursos del subsuelo. Es el aire
que se respira; el sol que la calienta y las nubes que la ensombrecen;
la luna y las estrellas que atraen la mirada ilusionada; la lluvia que
la riega y origina ríos y lagos; el mar que alimenta, sirve de solaz y
posibilita el transporte de mercaderías; es la montaña y la costa, los
bosques y los prados. La tierra, en fin, es todo aquello que ayuda a que
el hombre se comprenda a si mismo y fortalezca su identidad, viva y se
alimente, descanse y sueñe, y perciba al Creador.
Justicia. solidaridad...
La tierra es don de Dios para toda la humanidad, pero la ambición de
poder nos lleva a olvidar este destino universal de los bienes de la
tierra. El deseo de apropiarse de nuevos territorios por motivos
económicos o estratégicos es la causa de todas las guerras, con sus
secuelas de miseria y muerte. De esa misma ambición surge la injusta
distribución de la tierra. Hay países en 105 que menos del 3% de la
población es propietaria de más del 90% de la tierra. Las grandes
empresas alimenticias compran millones de hectáreas de terreno en países
lejanos como « reservas estratégicas» para el futuro, obligando a sus
pobladores a salir de la tierra que les vio nacer. Entre esas reservas
está el agua: un bien cada vez más escaso y cuyo control, en opinión de
muchos expertos, será la causa de futuras guerras. El resultado es
idéntico en uno u otro caso: poblaciones aniquiladas física o
moralmente; pueblos enteros que se ven forzados a emigrar a países
extraños, y vagan de una a otra parte hasta engrosar el cinturón de
miseria de las grandes ciudades. Poner coto a esta situación exige de
los gobiernos unas dosis de justicia y solidaridad poco frecuentes.
... y sabiduría
A primera vista puede parecer extraño que el Papa requiera una
administración sabia, además de justa y solidaria. Entiendo que es por
un doble motivo. La ayuda internacional prestada a zonas azotadas por
severas catástrofes naturales origina un nuevo problema: si una
población recibe alimentos gratis, no compra los productos de los
escasos agricultores y ganaderos que, a duras penas, lograron preservar
sus tierras de la catástrofe. El resultado serán campos baldíos y más
población arruinada. ¿Cómo evitar que una población perezca de hambre
manteniendo, a la vez, las explotaciones agrícolas y ganaderas que
todavía sean viables? También la donación generosa requiere sabiduría y
prudencia para, sin interrumpir la ayuda, evitar males mayores. Del
segundo motivo hace tiempo que nos alertan científicos del mundo entero:
nuestro planeta está enfermo. La tala indiscriminada de bosques, la
polución marítima y la pesca abusiva, la desmesurada explotación de los
recursos energéticos, el uso inmoderado de pesticidas, la constante
emisión de gases tóxicos a la atmósfera y construcciones en terrenos de
gran valor natural causan tales daños medioambientales que los
científicos los consideran casi irreversibles. Por otra parte, el
desarrollo industrial y la mejora del nivel de vida es un derecho de
todos los ciudadanos del mundo, lo que supone nuevas industrias y mayor
consumo energético. ¿Cómo lograr el necesario desarrollo, corrigiendo a
la vez el grave desajuste ecológico actual? Es el desafío al que deben
enfrentarse científicos, técnicos y responsables políticos y económicos
de las naciones. El concepto de desarrollo autosostenible debe pasar de
la teoría a la práctica. Lograrlo requiere una gran sabiduría, y también
grandes dosis de solidaridad y justicia. Todos tendremos que aplicamos
la vieja receta de apretamos el cinturón para unos y otros puedan
ensanchárselo.
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