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El celibato por el Reino

P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá
Hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad,
y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por
amor al Reino de los Cielos».
¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una vida sin casarse?
Después de todo, podemos decir que el celibato religioso brota de una
experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido evangélico es
fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios entra en la
vida del hombre o de la mujer. Es el Dios vivo, que deja huellas en una
persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido a algunas
personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como enamorados
detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona «seducida por
Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer. 20, 7).
Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso todo cambia. El
hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano, porque simplemente
ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor», es como si de
improviso aparece el sol y se apagan las estrellas... Dice la Escritura:
«Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa. Me ha tocado en
suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo 16, 5-6).
La religiosa y el religioso hacen aparecer a Dios como «amor». Con su
oración y su silencio quieren llegar a la fuente de todo amor que Dios
ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer en celibato a
fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos y para
entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello, nada más
profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo de una
vida célibe por el Reino de los Cielos.
La castidad consagrada no es una vida sin amor
El religioso es sobre todo un hombre de Dios, un hombre para Dios, un
hombre que ve en todas las cosas la presencia amorosa de Dios. Es un
«especialista de Dios».
El religioso, con su voto de castidad, no opta por un camino de egoísmo,
ni tampoco desprecia la sexualidad o el matrimonio. No hace un voto de
«desamor», sino un voto de radicalismo en el amor: en su experiencia de
amor descubre por intuición una dimensión más abierta y reclama un amor
absoluto en toda su vida.
El voto de castidad, ciertamente, es una renuncia a la expresión genital
de la sexualidad, característica de la vida matrimonial; pero el voto de
castidad no implica ninguna renuncia al amor. Es un voto que expresa una
superabundancia de amor radical que trasciende la carne y la sangre.
Para el religioso no es posible amar a Dios, sin amar a los hombres sus
hermanos.
El religioso no renuncia a la personalidad masculina o femenina
Aunque las posibilidades sexuales no se ejercitan, sin embargo una
religiosa enfermera o una religiosa maestra desempeña un trabajo «como
mujer» con sus cualidades de ternura y bondad; y un religioso misionero
actúa «como hombre» con su vigor, con su amor por la verdad y con sus
cualidades de corazón.
Es un hecho significativo que Jesús fuera varón íntegramente y que como
varón nos predicó la Buena Nueva. Fue muy significativo que María, como
mujer, supiera acoger al Salvador y como madre presentara su Hijo al
mundo entero. Dios mismo eligió a María como mujer y como Madre para ser
puente entre el cielo y la tierra. Los religiosos no viven su virginidad
sin su personalidad masculina o femenina.
Ellos tratan, con su consagración a Dios y con libertad de espíritu, de
ser fecundos de una manera que a menudo no es posible para los demás.
Muchas veces vemos cómo el niño huérfano, el drogadicto perdido, el
enfermo aislado, la anciana abandonada encuentran en la religiosa a una
verdadera madre. Muchas veces el joven angustiado, el hombre fracasado,
un pueblo desorientado, encuentran en un religioso a un verdadero padre.
Una tradición cristiana desde el Nuevo Testamento
Desde el comienzo de la Iglesia apareció este carisma del celibato
consagrado en la historia humana. Estos carismas del celibato religioso
han sido expresiones de la libertad del Espíritu Santo que durante 2.000
años ha enriquecido la historia de la Iglesia. Por inspiración del
Espíritu de Dios, los religiosos se sienten empujados a ser testigos del
amor divino, y sólo el amor de Dios puede amar más libremente a todos
los hombres, y especialmente a los más humildes.
El celibato religioso nunca ha manifestado un desprecio por el
matrimonio. El celibato no es un valor mayor al del matrimonio, es
simplemente una manera radical de vivir el amor cristiano; de otra forma
la castidad consagrada pierde su significado.
Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
http://es.catholic.net.
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