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Papás, saquen tiempo para jugar con sus hijos

Jugar con niños entre dos y seis años es un reto al que muchos adultos no saben enfrentarse. ¿Cómo introducirnos en su mundo de fantasía, donde impera una lógica aplastante, pero tan radicalmente distinta a la nuestra?
La respuesta es sencilla: volviendo a ser niños. Sólo si hacemos un esfuerzo de abstracción, y nos ponemos en el lugar de nuestro hijo podremos entender que ese mundo imaginario, tan sorprendente y creativo, es el más real para el niño, y que también nosotros estamos llamados a introducirnos en él.
Durante los primeros meses de vida resulta muy fácil divertir y hacer disfrutar al bebé. Basta guiñarles para que se sientan objeto de atención, y se sientan felices. Durante este periodo, lo habitual es que ningún adulto tenga problemas para entretener durante horas al niño, porque aún puede dirigir su juego. Todo le interesa y, por lo tanto, cualquier demostración de interés o cariño por nuestra parte es bien recibida.
Más tarde, a partir de seis u ocho años, cuando ya tiene uso de razón y podemos tratarle como a un pequeño adulto, también nos resulta relativamente fácil jugar con él, compitiendo en una partida de damas, solicitando su colaboración para hacer una tarta o llevándonoslo al fútbol.
La razón de este acercamiento, sin embargo, no radica en el esfuerzo de los padres, sino en la madurez de los hijos, que comienzan a entrar en el complejo mundo de los adultos y toman ya partido en sus intereses: los niños hablan de marcas de coches, las niñas de modas, etc. Son ellos quienes están entrando en la realidad de los adultos y, aunque necesiten de nuestra ayuda para ello, el esfuerzo es más suyo que nuestro.

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