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Un misterio llamado matrimonio

Un hombre y una mujer se enamoran, encuentran su unidad, su destino en común. Insisto: un hombre y una mujer. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer.
El enamoramiento comienza en la mirada, y transforma todo nuestro existir en un acto infinito. Ya nada es lo mismo. El corazón late desbocado. Queremos al otro en cada detalle de su voluntad, en cada gesto, por nimio que sea. Para siempre.
No podemos pasar sin él, sin ella. Nos basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Hemos nacido de nuevo a un amor limpio, que nos impulsa a ser mejores, a entregar nuestra vida.
Es un “camino de perfección” que nos devuelve a la alegría, quizá perdida hace tiempo en el laberinto del yo y sus pasiones alucinógenas. Y poco a poco nos vamos desnudando de nuestro capricho y acariciamos la entraña de la felicidad.
El matrimonio es un conocimiento y un convencimiento, una clara vocación por la espeleología del alma, un sacramento que brota del perfume de los cuerpos.
Es una ternura inviolable por la que no pasan los años, ni la unción de las arrugas. Es un noviazgo constante, un compromiso que va mucho más allá de la rutina y del cansancio. Nada que ver con la burocracia, el padrón o las fotocopias del libro de familia. Es un ofrecimiento responsable, un milagro que engendra vida; a pesar de los disgustos y de las lágrimas.

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