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Es mejor una discusión sana que pensar mal del otro

Un matrimonio que dice no tener diferencias, que no discute, puede denotar un indicio de enfermiza indiferencia por la que se busca  evitar confrontaciones en la que se ha hecho más daño que bien por buscar una falsa zona de confort o, más grave, por el hecho de desconocer el valor del otro, en la justa tarea de construir juntos su historia de amor.

Como en esta historia se debe tener interés en la mejora del cónyuge y de todo lo que atañe al proyecto matrimonial, más de una vez resulta necesario confrontarse siendo claros, francos, directos, y saber decir lo que se quiere decir sin herir los sentimientos del otro. Las discusiones con temperancia son normales y necesarias.

Las presunciones ciertas o erróneas se fundan en experiencias de vida que en todas las personas pasan por una  estructura de pensamiento que filtra y da forma a todas las ideas.

Los componentes de esta estructura son: la percepción. Es la forma en que un cónyuge ve al otro con cierta pretensión de verdad, con presunciones como: mi esposo ya no se interesa por lo que le hablo o mi esposa ya no se arregla como en un principio.

También se da la atribución que sucede cuando se construye una explicación de la causa atribuyéndola precisamente a determinados eventos, situaciones o personas, haciendo juicios como: a mi esposo ya no le entusiasma lo que hago, por eso no le interesa lo que le platico. Mi esposa ya no me ama, por eso ya no se arregla como en un principio.

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