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Los valores se aprenden en la familia

En una familia, los padres, los abuelos, los hijos se deben sentir en casa; ninguno está excluido. Es que una familia, cuando hay alguno con dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos. En una familia, nunca se debe abandonar a las personas. En las familias, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo sostienen, lo promueven.
Pero, ¿no debería ser así también nuestra sociedad? Una sociedad, en donde las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos, si pudiéramos ver al oponente político, al vecino de casa. Mirar al compañero de trabajo o de estudios con los mismos ojos que a los hijos, esposas o esposos, padres o madres, ¡qué bueno sería! Las relaciones que se ven muchas veces en nuestra sociedad es que mi posición, mi idea, mi proyecto se consolidan si soy capaz de vencer al otro, de imponerme, de descartarlo y así vamos construyendo una cultura, una familia, una sociedad del descarte que hoy día ha tomado dimensiones.
Solo de una fraternidad vivida en la familia, nace la solidaridad en la sociedad, que no consiste únicamente en dar al necesitado, sino en ser responsables los unos de los otros. En la fiesta de los abuelos de Jesús, los santos Joaquín y Ana, nos recuerda el Papa Francisco la importancia de los abuelos “en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad y qué importante es el encuentro y el diálogo intergeneracional, sobre todo dentro de la familia y en especial entre niños y ancianos”.

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