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La familia es el santuario de la vida

Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos. Así la función fundamental de la familia está al servicio a la vida. La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos. La fecundidad del amor conyugal no se reduce solamente a la sola procreación de los hijos: se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral y espiritual que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, en las que se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio, la violencia contra la mujer, la mentalidad contraceptiva, etc. Ante esta situación hay que subrayar que el fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es sacramental.
En el sí de los esposos, en un amor para toda la vida en fidelidad y abiertos a la vida, es donde los esposos se ponen como ejemplo en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia, que inspiran y guían toda la vida. Es la comunión y la participación, vivida cotidianamente en la casa en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.

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