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“Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio” (Mc. 16,15)

María Magdalena, la pecadora convertida, la que mucho amó y por eso mucho se le perdonó y mucho continuó amando hasta llegar a participar en la gloria del Señor; la que, postrada a los pies del Señor, los bañaba con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos y los cubría de besos (Lc. 7, 36 50). Ella muestra su gran amor a Jesús y se convierte en una gran discípula. Ella es además reconocida por ser testigo de la resurrección, discípula de Jesús, presente en la crucifixión, la mujer que va al Sepulcro y dice sucesivamente a los apóstoles que el Señor los espera en Galilea y ha resucitado.
María Magdalena no se dejó paralizar ni por sus pecados del pasado ni por las opiniones humanas. Creyó de todo corazón en las promesas del Señor y alcanzó la meta. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros.
Es vital que hoy salgamos como Iglesia a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. El Señor nos ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres (Lc. 4,18). Salgamos sin miedo al encuentro de los que están cargados de dolor, agobiados de pobreza.
A la luz del mandato misionero que Cristo nos ha confiado, se ven con más claridad el significado y la importancia de las jornadas mundiales de la juventud, que celebraremos en nuestro país. Participando en este encuentro, confirmaremos y fortaleceremos nuestro propio “sí” dado a Cristo y a su Iglesia, repitiendo, con las palabras del profeta Isaías: “Heme aquí: envíame” (Is. 6, 8).

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