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Héctor Gallego: se cumplen 46 años de su desaparición

Se cumplen los cuarenta seis años de la desaparición y secuestro del padre Héctor Gallego, y aún se mantienen las preguntas que emergen obligatorias: ¿Quién lo mandó a capturar en Santa Fe?¿Quiénes lo agarraron?¿Qué le hicieron?¿Dónde están sus restos?
Desde aquel 9 de junio de 1971, la Iglesia ha exigido que se conozca la verdad del caso del sacerdote colombiano que sólo despertó en la población pobre y explotada de San Fe de Veraguas. Su familia ha pedido durante todos estos años, saber dónde están sus restos óseos para darle cristiana sepultura.
Para la gente pueden ser muchos años, pero para la familia de Héctor “nunca queda atrás, nunca se olvida, siempre está cerca el recuerdo, porque él era una persona tan especial, tan espiritual que dejó huellas grandes, no sólo en la comunidad de Santa Fe, sino en su familia”, expresa Edilma Gallego, hermana del Sacerdote, quien tenía 12 años de edad cuando en una noche su hermano desapareció.
Con pesar y tristeza, Edilma Gallego lamenta que hoy, en las redes sociales se hagan comentarios hirientes contra su hermano, pero cree que se debe a que las nuevas generaciones desconocen la entrega y servicio de este sacerdote que se lanzó de lleno a su tarea pastoral de acompañar las comunidades campesinas de Santa Fe.
Precisamente esto es lo que destaca, el padre Patricio Hannsens de esa entrega del sacerdote que vino desde Colombia: “Héctor visitaba las comunidades. La parroquia tenía una mula que es el vehículo ideal para esas laderas, que Héctor sólo usaba cuando se sentía enfermo, pues decía que es muy lenta y él necesitaba caminar deprisa. Jamás faltaba a una visita” recuerda.
Y de su trabajo pastoral enfatiza las reuniones que sostenía con los campesinos en la casa comunal, construida por los propios lugareños. “En cada reunión se planteaba, la discusión de los problemas que afectaban a la comunidad siempre iluminada con la lectura comunitaria del Evangelio, y al final celebraba la misa” hace memoria el padre Hanssens preocupado siempre por dar a conocer el testimonio de este sacerdote colombiano.
Monseñor Oscar Brown, Obispo de Santiago de Veraguas, en el aniversario número 30 de la desaparición de Gallego, dijo: “El Padre Héctor Gallego nos interpela y nos exige vivir nuestra fe con creatividad frente al desafío de implementar firmemente la Iglesia en la región del norte del distrito de Santa Fe, donde campesinos e indígenas afrontan serios problemas de salud, vivienda, movilización y desarrollo, que tienen como raíz la pobreza extrema”.

¿Quién fue Héctor Gallego?
Nació el 7 de enero de 1938 en un pueblo Antioqueño llamado Montebello, del municipio de Salgar Departamento de Antioquia, Colombia; era el mayor de once hijos, del matrimonio de Horacio Gallego y Alejandrina Herrera.
Cumplió su educación primaria en la escuela Siberia. La secundaria en el colegio de Jericó. Desde pequeño mostró su inclinación al sacerdocio. Recibe enseñanza filosófica en Santa Rosa y luego ingresa al Seminario Arquidiocesano de Medellín, Colombia en 1963.
A la edad de 27 años se entera por medio de un compañero de clases, llamado Plinio Mojica, de Panamá, que en la Diócesis a la que pertenecía, fundada un año antes, sólo habían nueve sacerdotes para atender a 160 mil almas y que algunas parroquias no tenían sacerdotes.
En una visita que realizó Monseñor Marcos Gregorio McGrath a Medellín, en 1965 a una reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) del cual era directivo; el seminarista Gallego obtuvo permiso para hablar con Mons. McGrath, y expresarle su deseo de trabajar con él en su Diócesis en Veraguas.
Así fue que Héctor Gallego aterrizó en Panamá, por primera vez, para iniciar un período de prueba como seminarista en el Obispado de Santiago durante el primer semestre de 1967. Tras completar ese semestre viajó a Colombia para recibir la ordenación sacerdotal el 16 de julio de 1967, y regresó a Veraguas el 13 de agosto, y ofició su primera Misa en la Iglesia de San Francisco de la Montaña, el 20 de agosto del mismo año. Su proximidad a Santa Fe, comenzó a ser mayor, hasta que pocos meses después, en el verano de 1968, finalmente fue nombrado como párroco de la Iglesia de San Pedro Apóstol de Santa Fe.
Poco tiempo después, Mons. McGrath viaja a Panamá al ser nombrado como Arzobispo de la Arquidiócesis de Panamá; el entonces Obispo de la Prelatura de Bocas del Toro Mons. Martín Legarra OAR, pasa a la Diócesis de Veraguas.
El padre Héctor Gallego comienza su trabajo de evangelización y promoción humana organizando a los campesinos en varios programas que cambiarían su vida. En ese tiempo ya existían 34 comunidades de base que había organizado el padre Alejando Vásquez Pinto quién fue párroco de Santa Fe y su guía cuando éste realizaba su práctica pastoral.
La población era en su mayoría analfabeta, vivían en pobreza extrema y precaria salud. El padre Héctor organizó un programa de evangelización de la fe al que solo asistieron los campesinos, los pobres. Los ricos del pueblo por el contrario no querían comprometerse a nada que les exigiera un cambio de conducta. Por este motivo, el nuevo párroco se dedicó a aquellos que respondieron a su llamada.
Con estas personas trabajó en los campos, durmió en sus chozas, compartió sus preocupaciones y al fin llegó a ser como uno de ellos. Les anunció la Buena Nueva y les hizo entender que tenían la dignidad de ser hijos de Dios, y que la injusticia y la explotación no eran la voluntad de Dios.
La idea fundamental fue la eliminación de la explotación que sufría la población por parte de los comerciantes inescrupulosos de la región que se aprovechaban de la ignorancia de la población. Este sacerdote que venía iluminado por las enseñanzas de Vaticano II formó a los líderes comunales de las primeras Comunidades de Base, que decidieron unirse a esta alternativa económica y social desde la perspectiva de la justicia social. Los terratenientes seriamente perjudicados con esto, culparon del asunto al joven párroco.
Así fue que en 1968 el padre Héctor trabajó en la organización de la cooperativa “La Esperanza de los Campesinos de Santa Fe”. Los campesinos encontraron en la cooperativa la oportunidad para liberarse de la opresión y buscar los recursos económicos para su sustento. Pero fue precisamente la cooperativa motivo de choque con los comerciantes, pues rompía el control económico de la región. La división entre el pueblo y la clase dominante comenzó a agudizarse cada vez más.
El movimiento religioso y cooperativo encontró resistencia, precisamente por ser un movimiento de cambio. Lo acusaron de comunista, de cuadrado y de protestante, tratando de desautorizarlo ante el pueblo. Cuando se dieron cuenta que esto no era posible, comenzaron a amenazar. El mismo Gobierno presionó para que la cooperativa fuera una institución estatal. Cuando este intento tampoco detuvo la marcha del movimiento, entonces se dan acciones de violencia directa.
En junio de 1969 empezaron los ataques contra el padre Héctor, incluso en diciembre del mismo año lo arrestaron. No obstante fue puesto en libertad porque se comprobó que todas las acusaciones eran calumnias.
A principios de 1971 el padre Gallego pasó vacaciones en su ciudad natal y pronto se corrió la voz de que no podría volver a su parroquia. El obispo Martín Legarra arregló este asunto con el entonces General Omar Torrijos, emparentado con algunos terratenientes de Santa Fe. El padre Héctor Gallego pudo así regresar a atender su parroquia.
El 22 de mayo le prendieron fuego a su choza, pero pudo escapar. El 9 de junio de 1971, mientras dormía en la casa de un amigo, se presentaron tres hombres en un jeep, sacaron al sacerdote, le golpearon y le secuestraron. Desde ese día no se tiene noticia de él.
El padre Héctor fue un auténtico testigo del Evangelio por su paciencia en sufrimientos de toda clase. Vivió la pobreza en el vestir, fue golpeado y encarcelado. ¿Por qué? Por defender la causa de los pobres, los campesinos de Santa Fe.

Visión amplia de una nueva sociedad
Jesús Héctor Gallego vio su labor en Santa Fe dentro de la visión amplia de una nueva sociedad, de que “otro mundo es posible”, la utopía del Reino. Por eso, los esfuerzos locales tenían que vincularse con otros movimientos a una escala más amplia, con otros grupos y sectores populares.
“Santa Fe, realmente yo no puedo imaginármelo solo. Un movimiento aislado no puede ir a ningún lado. Cuando hablamos de cambio, nos referimos al sistema. Es un sistema que abarca el mundo de hoy, de manera que un movimiento que permanezca aislado es un movimiento que está enfrentándose hacia algo imposible, algo demasiado grande para un movimiento local” dijo Héctor en su última entrevista.

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