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Hagan siempre el bien (Hb. 13, 16)

Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida en el matrimonio. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de Dios.

En el plan de Dios para la familia, el amor de los cónyuges produce el fruto de nuevas vidas, y se manifiesta cada día en los esfuerzos amorosos de los padres para impartir a sus hijos una formación integral, humana y espiritual. En la familia a cada persona -tanto al niño más pequeño como al familiar más anciano- se la valora por sí misma, y no se la ve meramente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a vislumbrar algo del papel esencial de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora.

La familia cristiana ha sido siempre la primera vía de transmisión de la fe. La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación.

En la sociedad actual es más que nunca necesaria y urgente la presencia de familias cristianas ejemplares que enseñen con el testimonio de vida que es posible amar, como Cristo, sin reservas; que no hay que tener miedo a comprometerse con otra persona. En el camino de la vida cristiana se aprende todos los días. Aprender. Alejarse del mal y aprender a hacer el bien.

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