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Estuve encarcelado y me fueron a ver (Mt. 25, 36)

La Misericordia del Señor es eterna (Cf. Sal. 107), esta misericordia de Dios se extiende sobre los buenos y los malos (Cf. Mt. 5, 45), de manera especial sobre los que están más alejados y muchas veces hacen el mal (Cf. Ez. 18, 23).
Hay personas que aceptan el mal que han hecho y se arrepienten, pero, en algunas ocasiones, deben ir a la cárcel. “La finalidad a la que tiende esta pena es doble: por una parte, favorecer la reinserción de las personas condenadas; por otra parte, promover una justicia reconciliadora, capaz de restaurar las relaciones de convivencia armoniosa rotas por el acto criminal” (Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 403).
Las personas encarceladas, no dejan de ser humanos, ni hijos de Dios, por eso una obra de misericordia es acudir a visitar a los encarcelados. Jesucristo mismo nos da el ejemplo de acompañar y comprender a quien sufre la condena, como lo hizo al ofrecer el perdón al buen ladrón (Cf. Lc. 23,42). Si pensamos que el problema de la violencia, el narcotráfico y otros delitos se resuelve aislando, apartando, encarcelando o con la pena de muerte, estaremos en el camino equivocado, ya que estas medidas no solucionan verdaderamente los problemas.
Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas, las de sus familias, las de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia. Recordémosles a las víctimas y a los victimarios, que Dios no se cansa de perdonar, por eso no nos cansemos de perdonar ni de pedirle perdón a Dios, que el Señor nos ofrece siempre nuevas oportunidades para empezar de nuevo con él.

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