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Homilía de la Toma de Posesión del
Arzobispo de Panamá
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A.
Sábado 17 de abril de 2010

A continuación publicamos la homilía de
Monseñor José Domingo Ulloa, en su toma de posesión canónica como nuevo
Arzobispo Metropolitano de Panamá.
Al inicio de la misma ofreció su respeto a las
autoridades eclesiásticas y civiles presentes, encabezadas por el
Presidente de la República y su Gabinete, representantes del Órgano
Legislativo y Judicial, cuerpo diplomático, representantes de otras
confesiones religiosas, fieles llegados de diversos puntos del país.
Muy queridos hermanas y hermanos, que conforman la gran familia de esta
Arquidiócesis de Panamá.
Un saludo muy especial a los hermanos y amigos que han venido desde
otros puntos del país y a todos los que nos están acompañando a través
de los diversos medios de comunicación de prensa, radio, televisión e
internet.
Quiero que nos unamos hoy en la oración por este servidor y Mons. Pablo
Varela que cumplimos seis años de ordenación episcopal, justamente en
este mismo escenario y a la misma hora, como también por el Papa
Benedicto XVI, quien el próximo lunes cumplirá cinco años de estar al
frente de la barca de Pedro.
De seguro estarán esperando oír de viva voz cómo se siente este hijo de
Dios y hermano de ustedes en este momento. Para serles sincero, la
Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado y este escenario que sirve
de marco a nuestro encuentro, me han inspirado confianza para compartir
lo que siento. Por una parte, la Catedral Metropolitana, símbolo de la
fe del pueblo panameño, y, además, este histórico parque que guarda las
huellas silenciosas de anhelos y esperanzas de los hijos e hijas de esta
amada patria, nos recuerdan que la historia no se detiene, y hoy estamos
construyendo una nueva etapa de esa historia, dando continuidad a la
misma que forjaron los que nos han precedido en el quehacer panameño.
1. MIRADA A NUESTRA HISTORIA
Permítanme, refrescar la memoria histórica con el recuerdo de nuestros
héroes, padres de la fe, los que hasta hoy nos han precedido. A mi mente
viene el recuerdo del venerado Fray Juan de Quevedo, español, Primer
Obispo de la recién creada Diócesis de Santa María la Antigua, el 9 de
septiembre de 1513; de Francisco Javier Luna De Victoria y Castro,
primer obispo panameño en 1751, y entre los obispos de los últimos 50
años:
- Mons. Francisco Beckmann, holandés, misionero vicentino, quien
por años fue el único Arzobispo en el territorio nacional, pastor
incansable que recorrió lo que era la arquidiócesis a lomo de mula y de
caballo, en cayucos o canoa; o en su viejo automóvil modelo americano,
guiado por su fiel compañero don Arsenio Tejada. Su legado: el “celo por
la salvación de las almas” y “la preocupación por la ignorancia
religiosa del pueblo” impulsaron sus esfuerzos en la promoción de las
vocaciones al sacerdocio y la creación del Seminario Menor San José; la
Escuela Superior de Catequistas, la fundación de las Misioneras
Catequistas, y la promoción de los seglares en la Acción Católica.
- A Mons. Tomás Alberto Clavel, panameño del clero secular, lo
recordamos como “el pastor en los tiempos difíciles”. Le correspondió la
puesta en marcha de la renovación promovida por el Concilio Vaticano II.
Fundador de la Universidad Santa María la Antigua, cuyo “palacio
arzobispal” sirvió de primera sede universitaria. Trasladó la Curia al
barrio del Marañón, ampliando su personal y sus servicios. Siguiendo el
movimiento de renovación puesto en marcha por el Concilio, impulsó el
Proyecto “San Miguelito”, inspirado en el modelo de las Pequeñas
Comunidades.
- Mons. Marcos Gregorio McGrath, panameño y miembro de la
Congregación de Santa Cruz. Con una cita suya que cuelga en una de las
paredes de la Sala Museo, ubicada en la Universidad Santa María la
Antigua, nos resume así su ministerio: “La gran tarea de mi vida ha sido
guiar nuestra Iglesia en la renovación conciliar. Mi más grande
satisfacción ha sido el aprender, presenciar y vivir esta renovación con
ustedes. Pero la Iglesia de Panamá gracias a tantos de ustedes, está en
movimiento conciliar”.
De esta visión suya, nos quedan la Cita Eucarística, la Cena de Pan y
Vino y el Seminario Mayor San José, la Campaña de Promoción
Arquidiocesana, El Panorama Católico, Cursillos de Cristiandad,
Movimiento Familiar Cristiano, Las Madres Maestras, la Comisión Arquidio-cesana
de Oración, la Comisión de Justicia y Paz, para mencionar algunas de sus
obras.
- Mons. José Dimas Cedeño Delgado, panameño del clero Secular;
sus 16 años al frente de la Arquidiócesis, han sido marcados por un gran
dinamismo pastoral en medio de vertiginosos cambios sociales, políticos,
tecnológicos y culturales. Fiel a sus antecesores, Mons. Cedeño ha
impulsado las vocaciones sacerdotales y la vida consagrada. Ha
acompañado celosamente la formación de los seminaristas y reforzado la
vida espiritual del clero y diáconos permanentes y su empeño por
mantener el fervor y entusiasmo del laicado en esta Arquidiócesis. Uno
de sus grandes aporte ha sido rescatar nuestra historia eclesiástica y
colocar en su justa dimensión el hecho de ser la Primera Diócesis,
creada en Tierra Firme del Continente Americano, como también rescatar
el patronazgo de Santa María La Antigua como la Patrona de Panamá, nos
deja también el legado de dos nuevos tomos de la Historia Eclesiástica
de Panamá. Lo mismo que la Fundación Pro fe cuyo radio de acción es
hacer posible la misión de la Iglesia en los centros de trabajo, y qué
decir de su dedicación a la familia.
Al recorrer la historia de nuestro caminar como Iglesia Arquidiocesana,
es obligante agradecer al Señor lo que somos como Iglesia y a todos los
que con su entrega y sufrimiento, han abonado esta querida tierra
panameña.
Ahora nos toca a nosotros, por ello queremos recordar el pasado con
gratitud para vivir el presente con pasión, para con nuestra acción
abrirnos al futuro con confianza, siendo constructores de esperanza.
2. EL HOY DE NUESTRA IGLESIA ARQUIDIOCESANA
Comienzo mi ministerio como Arzobispo, consciente de que soy un eslabón
que une los esfuerzos de ayer, hoy y mañana, para dar continuidad a la
maravillosa historia de gracia, en la que Cristo interviene siempre
realizando su obra de salvación.
Hermanos míos, soy hijo de esta tierra, lo que me permite conocer la
realidad, el marco situacional en el que vamos a comenzar este
ministerio. El pasaje que hemos escuchado hoy, expresa lo que siento,
por eso parafraseando a Jeremías me atrevo a decir: “Ay Señor mío, mira
quién soy, mira que soy pequeño, un muchacho, mira que estoy
temblando…”. Y escucho la voz del Señor que me dice como a Jeremías: “No
tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte….”¡Gracias, Señor!
Me encuentro con la realidad de una Iglesia Arquidiocesana haciendo
camino entre luces y sombras, entre logros y fracasos, optimismo e
incertidumbre y un Panamá deslumbrante por los signos de progreso bajo
el influjo del desarrollo material, pero que nos reta a todos a una
justa distribución de las riquezas con las cuales el Creador nos ha
dotado.
3. MIS PRIORIDADES COMO ARZOBISPO
Queridos hermanas y hermanos: No es el momento de presentar un plan de
acción pastoral, ni de diseñar un nuevo programa, porque ya lo hemos
venido trabajando en las últimas Asambleas Pastorales, iluminados por el
magisterio del Papa Benedicto XV y de los Obispos Latinoamericanos
expresado en el Documento de Aparecida, que nos han exhortado a la
Misión Continental, para colocar a la Iglesia en un estado permanente de
misión; es decir una nueva evangelización en donde se nos propone el
modelo de ser “discípulos misioneros de Jesús”. Esto significa salir de
nuestros templos, tener una presencia en todos los ambientes de la
sociedad –políticos, culturales, sociales, económicos- para impregnarlos
de la ética y los valores cristianos, para construir un Panamá más
justo, equitativo y solidario, en el que fundamentalmente las laicas y
los laicos tienen un papel protagónico. Todo esto en el contexto de los
500 años de la llegada de la fe al Istmo que celebraremos en el 2013.
Ardua tarea la que tenemos por delante. Pero, juntos lo lograremos.
Quiero compartir con ustedes, lo que será mi prioridad en la
Arquidiócesis:
-Lo primero, ser un arzobispo santo. Mi primer objetivo será
buscar la santidad con todas mis fuerzas; buscar el rostro de Cristo en
la oración para así encontrarlo en el rostro de la hermana y
del hermano. Sólo así podré tener los sentimientos del “Buen Pastor”
para guiar con amor y ternura, suavidad y firmeza a este pueblo de Dios
que se me ha confiado; todo esto con la protección maternal de Santa
María la Antigua.
Para esto, hermanas y hermanos míos, ayúdenme a mantener los brazos en
alto, en la oración de cada día. Ayúdenme a recibir la Cruz, no con
resignación, sino saliendo a su encuentro y abrazarla con amor y
alegría.
Ayúdenme a seguir tras las huellas del Buen Pastor, “delante de las
ovejas” con el ejemplo, enseñándoles a entrar por la Puerta de las
ovejas que es el mismo Cristo, conociéndolas por su nombre, con amor
preferencial por las heridas y, sin olvidar a las descarriadas.
Es oportuno recordar las enseñanzas del Papa Pablo VI: «El hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o
si escucha a los maestros lo hace porque son testigos».
-Lo segundo, suscitar la santidad de nuestros sacerdotes. Esto no
es tan solo un deseo, es una oración profunda y confiada. El santo cura
de Ars, Juan María Vianney, quien se nos ha propuesto como modelo, en
este Año Sacerdotal, enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el
testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían a orar acudiendo, con
gusto al Sagrario para visitar a Jesús Eucaristía. Por eso mis queridos
sacerdotes, hemos de estar centrados en la Eucaristía, que sepamos
ofrecer la Eucaristía y ser nosotros mismos Eucaristía (vida entregada
para que los demás la tengan abundante). Sin olvidarnos que la cercanía
de Cristo es la razón de nuestra alegría. “Un santo triste es un triste
santo” se ha escrito con verdad. Porque la tristeza tiene una íntima
relación con la tibieza, con el egoísmo y la soledad”.
Si como pastores nos empeñamos en la Santidad, la santidad de los demás
fieles nos vendrá por añadidura y nuestras comunidades serán escuela de
oración y de encuentro fraterno.
El Obispo debe ser principio de UNIDAD. Con el Papa Benedicto XVI,
pedimos al Santo Cura de Ars: “que su ejemplo fomente en los sacerdotes
el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan
necesario hoy como siempre”.
Queridos sacerdotes, les invito a que juntos vivamos la pasión por la
unidad mediante una profunda espiritualidad de comunión afectiva y
efectiva. Comunión, no sólo para la eficacia, sino para dar credibilidad
a nuestro testimonio’. Yo como su pastor estoy llamado a ser para
ustedes padre, hermano y amigo siempre abierto al diálogo.
Hermanos todos, oremos por nuestros sacerdotes, oremos para que en estos
tiempos difíciles, los sacerdotes por su vida y sus obras se distingan
por un vigoroso testimonio evangélico.
-Lo Tercero, la participación laical en la Iglesia y en la
sociedad. Queremos seguir impulsando la participación de laicos y laicas
a lo interno de la Iglesia, en su formación teológica y doctrinal,
especialmente en el ámbito de la doctrina social de la Iglesia para que
sean más los agentes de pastoral que se comprometan en transformar de
manera efectiva el mundo según Cristo. Hay una riqueza de experiencias
pastorales que tienen incidencia en lo social, pero aún no es
suficiente, y esto es otro de los desafíos que le presenta a los laicos
y laicas el Documento de Aparecida.
4. MIS ANHELOS FRENTE A LA REALIDAD PANAMEÑA
Hermanas y hermanos: Somos conscientes, que vivimos tiempos difíciles
que nos exigen actitudes definidas y comprometidas. La realidad que vive
nuestro país está marcada por la pobreza y la exclusión social; una
concentración desigual de los recursos, desempleo y precariedad del
sistema laboral, sistemas inadecuados de salud y educación, inseguridad
ciudadana y violencia, migración por la falta de oportunidades en las
áreas rurales y un creciente deterioro del equilibrio ecológico.
Frente a estos hechos sociales, no podemos quedarnos en la pasividad
provocada por el miedo y el pesimismo, porque para quienes creemos en el
Dios de la vida, que nos amó tanto que entregó a su único Hijo
–Jesucristo Nuestro Señor- para liberarnos de toda opresión espiritual y
material, venciendo a la muerte, estamos convencidos que con la fuerza
del amor, y el compromiso de cada uno de nosotros podemos ayudar a
transformar toda estructura de pecado en nuestra sociedad.
Evidentemente que para ello necesitamos hombres y mujeres, en cada una
de las esferas de la sociedad, capaces de hacer germinar y de suscitar
un nuevo modelo económico, social y político, con un rostro más humano,
más sostenible y solidario. En consecuencia, esto solo será posible con
autoridades comprometidas a deponer los intereses partidarios y
particulares, para colocar como principal objetivo el solucionar de
manera permanente las necesidades de la población, con una real
participación ciudadana. En este sentido hacemos un llamado a nuestro
laicado para que su fe se haga vida en estos escenarios, porque una fe
sin acción no es fe. Es importante y necesaria su participación en las
instituciones de la vida pública y actuar con eficacia dentro de ellas.
Desde la fe quiero invitarlos a que juntos soñemos por un mejor
Panamá:
• Que en Panamá todo hombre y la mujer sean respetados y valorados;
desde que son concebidos en el vientre materno hasta que lleguen al
ocaso de sus días.
• Que la educación en Panamá supere la visión reduccionista de formar
para la producción, la competitividad y el mercado; y que sea para toda
la niñez y juventud una educación de calidad e integral, que forme en lo
científico y tecnológico, pero sobre todo, en el respeto y la promoción
de la dignidad humana.
• Que cada trabajador cuente con salarios justos, estables y condiciones
laborables decentes que le permita cubrir las necesidades básicas de su
familia.
• Que las personas que padecen enfermedades encuentren en los hospitales
la atención y el calor humano, los servicios y las medicinas de calidad
que requieran.
• Que se escuche a los jóvenes y se les responda como ellos se merecen.
La juventud tiene el derecho a ser amados, valorados y se les brinde las
oportunidades para desarrollarse de manera integral.
• Que vivamos en un país comprometido con la vida y solidario con las
víctimas de la violencia – los niños, las mujeres, las víctimas de
secuestros, de asaltos y extorsiones y las que mueren en cumplimiento de
su deber.
En este punto es necesario que digamos: ¡BASTA A LA VIOLENCIA!, ¡BASTA
DE LA PÉRDIDA DE VIDAS INOCENTES!, ¡BASTA DE MADRES QUE LLORAN
DESCONSOLADAS A SUS HIJOS, ESPOSOS, HERMANOS Y PADRES, BASTA DE ESTAR
ENCERRADOS ENTRE LOS BARROTES DEL MIEDO! Iniciemos desde YA una jornada
de oración permanente, en solidaridad con todas aquellas personas
víctimas de la violencia. Tengan la certeza no sólo de nuestra
comprensión, sino de nuestro compromiso de colaborar en todo lo que sea
posible para fortalecer una cultura de la Paz como camino para combatir
la violencia.
Por esas víctimas, hermanas y hermanos, en este momento los invito a que
demos un aplauso, como signo de nuestra disposición de caminar todos
juntos, en la búsqueda del cielo nuevo y la tierra nueva que anhelamos;
y nos comprometamos a trabajar por una cultura de paz.
Ante esta realidad, quiero ser profeta de esperanza. No con una actitud
simplista e irresponsable, ni un falso optimismo, sino confiando
primeramente en la Palabra del Señor que nos dice: “No se turben sus
corazones…no tengan miedo…Yo he vencido al mundo…y estaré con ustedes
hasta el fin”. Confiando también en los esfuerzos de todos los
ciudadanos que habitamos esta tierra istmeña y vivimos anhelando tiempos
mejores.
5. AGRADECIMIENTOS
Quisiera agradecer a todos, pero sería casi interminable la lista,
porque es mucho el afecto que he experimentado en estos días, no por mi
persona, sino por la fe de ustedes y lo mucho que valoran el don de la
Iglesia y el ministerio del episcopado.
Sin embargo, permítanme expresar un reconocimiento especial a mi
familia, a mis padres (Dagoberto y Clodomira); a mis hermanos (Mariela y
Dagoberto), a mi familia de sangre y mi familia en la fe.
A ustedes queridos hermanos en el episcopado, los de casa y los que han
venido de Iglesias hermanas, (Costa Rica, San Salvador, Guatemala,
Honduras, Nicaragua, Puerto Rico, República Dominicana, España), gracias
por su presencia, que hace visible el misterio de comunión del colegio
episcopal. Gracias Padre
Especialmente, muchas gracias Mons. José Dimas, le reitero lo que usted
ha sido para mí: un hermano, un maestro.
Gracias, P. General de la Orden de San Agustín, y hermanos agustinos con
vuestro testimonio, sus enseñanzas y cercanía de amigo me han ayudado
siempre a abrirme con confianza al Designio Divino en mi vida.
Un especial pensamiento para las Iglesias Cristianas hermanas. Es
importante educarnos cada vez más en el primado de la alabanza al único
Dios y Padre de todos. Tenemos motivos infinitos para alabar a Dios:
"Dios mío tú eres grande, eres bueno con todos, me has sostenido hasta
ahora, has hecho de mí grandes cosas, las has hecho conmigo porque amas
a tu pueblo...".
A usted Excelentísimo Señor Presidente, que junto a sus ministros y los
diversos órganos del Estado que se han hecho presentes: gracias. También
a ustedes ex presidentes de la República de Panamá. Agradezco la
presencia de las autoridades civiles, diplomáticas y de seguridad.
Por el inmenso esfuerzo que ha supuesto preparar esta celebración,
merecen mi reconocimiento y mi gratitud profunda: los organizadores de
las diversas instituciones del gobierno y de la Iglesia, tantos
voluntarios, el Coro Arquidiocesano, como también el personal con el que
seguiré trabajando en el Arzobispado. A todos ustedes que Dios retribuya
en abundantes bendiciones su generosidad
Quiero agradecer a los dueños de medios y a los comunicadores sociales,
que desde mi designación me han acompañado hasta hoy, ¡qué rol tan
importante ocupan en la sociedad!, por eso quiero invitarles a que no
abandonen este hermoso servicio que los hace sembradores de libertad, de
identidad y de comunidad, fundamentado siempre en la verdad, porque solo
la verdad nos hace libres.
Hermanos tengamos siempre presente: nuestra gente es buena, generosa,
pero no le faltan las peleas, las divisiones, los desórdenes morales,
sufrimientos y pobreza. Que nuestra alabanza no sea ponernos una venda
en los ojos. Creo que debemos tener más valentía. Si empezamos a mirar
el mundo con los ojos de Dios y, por tanto a alabarlo por el bien que
hace, seremos más capaces de distinguir el bien del mal y de entrar en
los sufrimientos de la humanidad.
El sentido de la alabanza es el primer realismo: es la contemplación del
mundo como lugar de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios, del
amor de Cristo por el hombre, por el pobre, por el enfermo, por el que
sufre, por mí, por nosotros, por la Iglesia, por la humanidad. El hecho
de estar aquí juntos, de haber conservado hasta ahora la fe, de haber
perseverado en la vocación y misión, son todos dones inmensos...
Nuevamente gracias a todos y que el Señor los bendiga.

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