La voz del pastor

Educación católica

“No se puede hablar de educación católica sin hablar de humanidad, porque precisamente la identidad católica es Dios que se ha hecho hombre” (Francisco en el Congreso Mundial sobre Educación Católica, Roma, 21 de noviembre de 2015)
Hace unos días celebramos el “Día del Educador Católico”. La celebración invita a pensar sobre Educación Católica. Lo primero, no circunscribir la educación católica a la tarea de los colegios católicos. Donde hay un educador católico, ejerza su servicio en una escuela católica o no, si vive la vocación a la que el Señor le ha llamado a través de su docencia, de su trato con los compañeros, con los administrativos del plantel, con los padres de familia, impartirá educación católica.
Tampoco limitemos la educación católica a los niños y a los jóvenes. Hoy se habla de educación continua, así también la educación católica. Igualmente no sólo en las aulas, sino que la familia no puede evadir su papel particularmente responsable.
Lo anterior no disminuye en nada, todo lo contrario, el primer lugar, la gran responsabilidad de las instituciones católicas de educación, como colegios y escuelas, de ser levadura, sacramental, en el tejido social, de la propuesta de Dios Padre, por medio de Jesucristo y en el movimiento del Espíritu, de su Proyecto para toda la humanidad.
Así las cosas recordamos que el futuro de Panamá se vincula, en gran medida, al tipo de educación que logremos implementar. Lo actual produce la percepción de obsoleto, pero no está claro a dónde ir. Unos priorizan las novedades didácticas, otros la conexión con el mercado de trabajo y las profesiones del futuro, los hay que ponen el peso en el uso intensivo de nuevas tecnologías y el dominio de diversos idiomas. Podemos seguir sumando propuestas.
La acción educativa tiene que tener en cuenta la situación humana real que viven los hombres y mujeres a quienes se dirige, para que pueda ser una respuesta concreta y eficaz a sus demandas y necesidades, generadas también por sus búsquedas más allá de lo inmediato; importa saber de dónde venimos y dónde estamos, pero y ¿hacia dónde vamos? El futuro de la sociedad pasa por la educación.
Diálogos sobre educación y diagnósticos a nivel nacional han habido muchos. ¿Políticas públicas? Está por ver. Pero esto no exime a la educación católica de ser firme en su identidad, Jesús, y en su proyecto educativo; abrir espacios de libertad de opción a los padres de familia. Libertad ya de por sí condicionada en Panamá por la inequidad en el acceso a una capacitación de calidad sin la cual las oportunidades serán para unos pocos. Una de las consecuencias de la injusticia social es la no movilidad social.
Francisco, en “la alegría del Evangelio” nos ha dicho: “se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores”. (EG 64)
Unas décadas antes, en un documento del Concilio Vaticano II se manifestaba: “todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación que responda al propio fin, al propio carácter” entendiendo que “la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez” (Gravissimum educationis, 1)
Por nuestra parte, los obispos panameños en la Carta Pastoral sobre Educación (15 de julio del año 2012”, considerábamos: “Urge una educación que humanice, que haga tomar conciencia de la dignidad de la persona humana, de su responsabilidad en la búsqueda de los auténticos valores, entre los que destaca la búsqueda de la verdad y la apertura a la Trascendencia. Esta visión, para un cristiano que se desenvuelva en el ámbito educativo, ya sea el formal o el informal, ya sea como administrador del sistema y, por consiguiente, como motor del mismo, ya sea como padre o madre de familia, como primeros responsables de la educación de sus hijos, ya sea como docente, como artífice y factor esencial de toda acción educativa o ya sea como educando, como protagonista de todo el proceso, exige un compromiso permanente por una educación humana integral”
¿La educación actual contribuye a que crezcamos como personas o nos adiestra para reproducir formas de producción y vida que impiden la reconciliación del ser humano consigo mismo, con los demás y con la naturaleza?
Objetivo de la educación es enseñarnos a cultivar el arte de vivir con sentido. La pedagogía, la didáctica, etc., deben ser medios y no obstáculos. La ciencia y la tecnología no pueden sustituir la sabiduría. Grandes preguntas: ¿cómo llegar a ser persona humana? ¿qué es una vida buena?, ¿cómo convertirnos en seres morales? ¿sociedades más justas y ecológicas?

Mons. Pablo Varela Server / Obispo auxiliar

Artículo anterior

Mons. Ulloa: la familia es nuestro primer seminario

Siguiente artículo

La educación de los hijos en la fe