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Del otro lado del retiro

Gracias a los retiros que viví aprendí a decir adiós a las malas influencias y a las vibras negativas de personas que no aportaban ni edificaban, aprendí a valorarme, crecí en cuanto a conocimientos eclesiales y humanos y conocí personas maravillosas que hoy en día son mis hermanos. Me acuerdo muy bien que años atrás cuando iba desolada y con tantas dudas a los retiros, siempre había algún joven de la organización, catequista o predicador invitado con quién lograba conversar a solas para interiorizar de forma más clara mis problemas personales. Y vaya que me ayudaba eso. No sólo aclaraba mis interrogantes sino que me sentía muy bien al escuchar consejos de alguien y saber que esa persona le interesaba escucharme y ayudarme.
Ahora, yo pude tomar ese mismo rol y aconsejar a chicos que conozco bastante bien y que quizás necesitaban de alguien de confianza con quién desahogarse. Pude hablar con algunos, abracé a otros durante la hora santa y la verdad es que me sentí demasiado bien por devolver ese favor que hace un par de años alguien hizo por mí. Tener esta experiencia desde el otro lado del retiro me hizo ver que al final todo es un caminar en el tiempo, donde estamos hoy, allí estará alguien más en el futuro, las vivencias que tuvimos y superamos hace cuatro años son ahora los males de chicos mucho más jóvenes que están empezando la vida. Ese fin de semana fue una grata sorpresa para mí, al final el domingo pude dar mi charla de la JMJ, pero lo que me llevo es que mi vivencia de acompañamiento fue algo inesperado pero que me permitió mirar atrás y ver que el camino que una vez recorrimos con piedras ahora está limpio como asfalto porque lo podemos ver sin dolor.

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