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Cuando no se puede hablar de la muerte en el matrimonio

Se quiera pensarlo o no, uno de los dos se ha de morir primero; el otro, entonces, se quedará solo. Y al final, cuando los dos hayan muerto, ¿qué quedará de sus sueños juntos y de sus afanes por haberlos realizado? Tantas preguntas que puede hacerse uno sobre ese tema sin que pueda evitarse.
Puede llegar uno a enfrentarse con esa triste realidad cuando se ha tenido un percance en el que estuvo él o ella casi en las manos de la muerte, también cuando alguna persona muy allegada murió inesperadamente.
Sencillamente, hay que ponerse a pensar en esa posibilidad de tener que morir uno de los dos.
“¿Qué será de mi pareja si llego a morirme?”, “si yo llego a morirme inesperadamente o aun esperándolo, ¿me arrepentiré de haber amado tan poco y de modo tan deficiente a mi cónyuge?” “¿Me arrepentiré de haberme dejado amar tan poco y de no haber gozado en plenitud de mi pareja?”. Y otras preguntas parecidas. Además de las que podrá hacer pensando en los hijos, que quedan aquí al morir uno de los dos.
Surgirán sentimientos muy fuertes. En un cristiano, podrían ser sentimientos de alegría, como San Agustín nos cuenta que eran los de su madre Mónica al verse en el trance de morir. Igual que San Pablo al escribir con amor a los cristianos de Filipos desde la cárcel cuando ya estaba condenado a muerte.
Esa alegría se siente sólo teniendo la misma fe de ellos, que no es fácil tenerla; por lo que esas preguntas producen sentimientos de angustia, de temor y de tristeza.

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