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Todo cambia con la fe verdadera en Dios

“Damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la Palabra de Dios, que les predicamos, la acogieron no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios que permanece operante en ustedes los creyentes” (1 Ts 2, 13). Con estas palabras, el Apóstol Pablo manifiesta su alegría, ya que proclama la fe en Dios que se ha revelado con palabras y obras en toda la historia de amistad con el hombre, y que culmina con la encarnación del Hijo de Dios y en su misterio de muerte y resurrección.

A menudo la vida se vive con ligereza, sin ideales claros y esperanzas sólidas, dentro de vínculos sociales y familiares sin amor ni misericordia. En una sociedad profundamente cambiada, donde existe dominio, posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde existe la arrogancia del yo cerrado en sí mismo, el hombre resulta empobrecido, degradado, desfigurado. Sobre todo no se educa a las nuevas generaciones en la búsqueda de la verdad y del sentido profundo de la existencia que supere el egoísmo y se abra a las necesidades de nuestros hermanos.

La Iglesia transmite la fe, para que las verdades cristianas sean luz en las nuevas transformaciones culturales en todas las naciones, y los cristianos sean capaces de dar razón de la esperanza que tienen (cf. 1 P 3, 15).

La fe en Jesucristo, nos lleva al encuentro con una Persona viva que nos transforma en profundidad a nosotros mismos, revelándonos nuestra verdadera identidad de hijos de Dios y que todos somos hermanos. El encuentro con Cristo renueva nuestras relaciones humanas, orientándolas a la solidaridad y fraternidad, en la lógica del amor. Con la fe cambia verdaderamente todo en nosotros: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas.

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