CatequesisEspiritualidad

Somos pedagogos de la fe

El que ha respondido a la llamada para servir como catequista aprende la pedagogía de la presencia, acoge sin temor a todos en especial a los más vulnerables y cultiva la fraternidad, entendiendo que en nuestra debilidad Dios se manifiesta con fuerza.  El catequista hace presente a Dios en la medida en que  reconoce sus talentos y sus limitaciones, o en otras palabras: su tesoro y su barro.  Nuestros obispos en Aparecida nos han dicho “Señales evidentes de la presencia del Reino son: …la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas… el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad” (DA 383).   

La pedagogía catequística de la presencia, consiste en esto en acoger, hacerse cargo del otro, ocuparse de que ninguno quede a lo largo del camino (Lc 10,25-37).  Para esto hay que “saber estar”, solo así se puede escuchar, se puede ofrecer la propia vida para mostrar el actuar de Dios en su Iglesia.

Cuando planeamos los encuentros, nos toca encontrar, como comunidad de catequistas: los gestos, las experiencias y acciones que sirvan como lugar donde nuestros interlocutores se encuentren con la caricia de Jesús, la misma que hemos experimentado nosotros.  Y si no hemos vivido esa caricia nosotros mismos, entonces, buscarla, atrevernos a reconocer delante de Jesús, nuestro barro para que Él nos descubra nuestro tesoro escondido.

El catequista, que tiene esto claro, no duda en detenerse para atender al otro como parte de la misión pues él o ella ya experimentó la cercanía de otros que hicieron presente a Jesús en sus limitaciones; no está solo, Jesús actúa por medio de la fraternidad, tal como actuó en el pasaje del Buen Samaritano.



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