Espiritualidad

Espiritualidad y hospitalidad

El mejor testimonio de ser Iglesia de Dios: la fraternidad, la hospitalidad. Resaltamos el pensamiento del Papa Francisco sobre el tema de la “hospitalidad”, en la Misa final de su visita a Paraguay. No olvidemos que nosotros somos los “hospederos”, de la próxima JMJ 2019, y como tales hemos de tener la espiritualidad de la hospitalidad a flor de piel en cada corazón de la familia panameña.

El cristiano, dice el Papa, “es aquel que ha aprendido a hospedar, a alojar”, a los que Jesús envía y que manda con ligero equipaje, y dejando toda seguridad para hacer la experiencia de dejarse en las manos de Dios en los que les hospedarán. El hospedero, por su parte, le da la oportunidad de “colaborar en la transformación del corazón de aquél que recibe en su casa”.

Es cristiano quien aprende a hospedar, a alojar.

Esta es la verdadera identidad y vocación del cristiano, y de la Iglesia: acoger a todos. Cuando Jesús envía a sus discípulos, les da reglas claras y precisas: “No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero… permanezcan en la casa donde les den alojamiento” (Mc 6,8-11). Está claro que son “enviados por el Señor” a tu casa, y con ello serás verdadero cristiano cuando tu identidad es la hospitalidad, cuando acoges con tu corazón al peregrino que  toca a tu puerta.

Por su parte al peregrino el Señor le envía a vivir esta experiencia del necesitado cuando les dice: “Permanezcan donde les den alojamiento” (Mt 10,11-12). Por eso cristiano es aquél que aprendió a hospedar, a alojar, a acoger, y que aceptó la llamada de la “hospitalidad”. Eres tú acogiendo a Jesús en el pesebre de tu casa, en la persona del peregrino que recibes en ella, el cual también es llamado por el Señor a “salir de sus seguridades y aprender a dejarse amar y servir por sus semejantes”, como lo hace Jesús en su pesebre. Es el paso del Salvador, Dios con nosotros en nuestras vidas. 

Tenemos la gracia de experimentar la esencia del Evangelio hecho vida, y con ello la llamada a hacer misión, evangelización a través del “aprender a alojar, a acoger, a hospedar con fe y con unción de cristiano”.

De este tipo de hospitalidad y de hospederos es que afirma el Evangelio: “Ellos… conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado” (Jn 17, 8); por eso abrieron su casa y acogieron con alegría. Y refiriéndonos a los peregrinos que acoges en tu casa, te invita a mirarlos “enviados” por Jesús mismo a tu casa: “Como tú me enviaste al mundo, así los envié yo a ellos al mundo” (Jn 17, 18). Y tú, peregrino, has la experiencia que el Señor te encomienda: “Como me envió mi Padre, así los envío yo” (Jn 20, 21).

Llamada a la Iglesia panameña

La Iglesia, en palabras del Papa Francisco, es “madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad.

La Iglesia es la casa de la hospitalidad. ¡Cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender el lenguaje de la hospitalidad, del acoger!”. Esto es lo propio de la Iglesia, aprender a vivir la hospitalidad, la fraternidad con los demás, la cual es el mejor testimonio que Dios es Padre, y que esta porción del Su reino, Panamá, vive como verdadera Iglesia Suya. La JMJ nos da la oportunidad de vivir la espiritualidad de la hospitalidad, del “aceptar al Enviado de Dios”, en las personas que nos visitarán y que necesitarán de nuestra acogida.

Recuerda que “Dios nunca se deja ganar en generosidad”, y por eso nos envía a su Hijo, lo dona, lo entrega, lo comparte; para que aprendamos “el camino de la fraternidad”.

Dentro de esta espiritualidad de la hospitalidad, hay algo que es cierto y que no hemos de pasar de largo: “que no podemos obligar a nadie a recibir al peregrino, a hospedarlo”. Esto es verdad, y es parte de nuestra limitación, de nuestra pobreza y de nuestra libertad. Pero también es cierto que “nadie puede obligarnos a no ser acogedores, hospederos” de los enviados de Dios en la JMJ, del futuro de la Iglesia que en ellos está proyectada. Nadie puede pedirnos que no recibamos y no hagamos que nuestros hogares se vuelvan “centros de encuentro entre nosotros y con Dios”.



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