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Celebremos juntos la Navidad

Entramos en estos días en el clima de preparación próxima a la santa Navidad. En la actual sociedad de consumo, este período sufre, por desgracia, una especie de consumismo comercial, que corre el riesgo de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad, una alegría que no es exterior, sino íntima.

Durante este tiempo de Adviento nos preparamos con esperanza a la Navidad, tiempo de alegría,  de amor y de compartir. El misterio de la Navidad, que es luz y alegría, interpela y golpea, porque es al mismo tiempo un misterio de esperanza y de tristeza. Lleva consigo un sabor de tristeza, porque Jesús no fue acogido en Belén. Así sucedió a José y a María, y hoy en día, a tantas personas pobres y migrantes que encontrarán las puertas cerradas. Jesús nace rechazado por algunos y en la indiferencia de la mayoría.

También hoy puede darse la misma indiferencia, cuando Navidad es una fiesta donde los protagonistas somos nosotros en vez de Jesús; cuando las luces del comercio arrinconan en la sombra la luz de Dios; cuando nos afanamos por los regalos y permanecemos insensibles ante quien está marginado. ¡Esta mundanidad nos ha secuestrado la Navidad, es necesario liberarla!

En la Navidad recordamos que todo tiene un sabor de esperanza porque, a pesar de nuestras tinieblas, Jesús no se ha limitado a encarnarse o a dedicarnos un poco de tiempo, sino que ha venido para compartir nuestra vida, para acoger nuestros deseos. Porque ha querido, y sigue queriendo, vivir aquí, junto a nosotros y por nosotros. Se interesa por nuestro mundo, que en Navidad se ha convertido en su mundo. El pesebre nos recuerda esto: Dios, por su gran misericordia, ha descendido hasta nosotros para quedarse con nosotros.



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