Espiritualidad

Preparación jmj: la espiritualidad invita a madurar

Madurar es el reto del creyente de hoy, madurar en la fe, madurar en la identidad como cristiano, que nos ayude a adquirir la espiritualidad que como anfitriones de la JMJ hemos de esforzarnos a adquirir. Los mandamientos y los frutos que su cumplimiento nos depara son una fuente para alcanzar esta espiritualidad.

Función de los mandamientos

Son un regalo de Dios y su función es dar luz que ayude a distinguir el bien del mal, permitiéndonos administrar la libertad sin temor a equivocarnos. Nos sirven de referencia para adquirir una meta, y si carecemos de ellos podemos quedar sin dirección. La verdadera espiritualidad hace al joven libre, pero esta libertad exige una NORMA, una dirección, un saber por qué y para qué se tiene, y el cómo se ha de usar esa libertad. De nada le sirve a uno reclamar para sí la libertad de pensamiento si después no sabe cómo usarla. Para poder decir que se es libre, se necesita saber cómo debe emplearse la libertad. Y para esto necesitamos encontrar un referente con una norma a la que pueda acomodar la conducta.

La obediencia es signo de la libertad

Obediencia y libertad no se oponen, se integran. No se puede hablar de libertad sin una norma a obedecer. La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a complementarse, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios, y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre. La libre obediencia del hombre a Dios, implica que la razón y la voluntad humana, participan de la sabiduría y de la providencia de Dios (Jn P. II, Veritatis Splendor, n.41).

La libertad se perfecciona con la elección del bien, según la voz de la propia conciencia. Hemos de ayudar a los Jóvenes a elegir el bien, a dejarse formar en la libertad del corazón, para que puedan lograr esta dignidad y vida espiritual cuando liberándose de toda esclavitud de pasiones, logren perseguir su fin en la libre elección del bien (cf. GS 17). Hemos de enseñarles a escuchar la voz de la conciencia y a ser obediente a ella, para que gocen del valor de la libertad verdadera; enseñarles y acompañar al joven a aprender a administrar bien la libertad, no con fines egoístas. “El que mejor escucha y obedece a Dios es el que no se preocupa de oírle decir lo que desea, sino el que se esfuerza por querer lo que Dios le dice” (conf. Sn Agustín). Quien pretende liberarse de la norma que debería obedecer, termina esclavizándose a vicios y pasiones que le despersonalizan, que no les hace ningún bien.

Hay que saber de qué nos liberamos

De lo que esclaviza. En nombre de la libertad muchos jóvenes quieren zafarse del yugo de la obediencia a los padres, y  muchos matrimonios zafarse del compromiso adquirido. No por liberarnos sin más de los vínculos contraídos el hombre es feliz. Esto es reflejo de la crisis de identidad que hoy padecemos. Saber de qué quiero liberarme y por qué, ya que el saberlo es indispensable para administrar bien la libertad y ser cada día más feliz. La libertad es palanca de esperanza y de progreso personal cuando se entiende como aceptación de un compromiso y afirmación de un don personal. Lo contrario esclaviza.

Ser libre no significa liberarse de algo, sino saber de qué se libera y por qué se libera, si no será un anhelo vano. Hay que liberarse, sí, pero a condición de saber de qué queremos liberarnos. Antes de elegir se ha de discernir y madurar lo que se quiere, de modo que se sepa si el vínculo que se asume es el más correcto, o conveniente. Hay vínculos que en lugar de liberar esclavizan, por eso antes de tomar una decisión en firme, es preciso asegurar que aquello que uno elige y le vincula es bueno y conveniente; y saber si contraviene alguna norma moral.  Juan Pablo II recordaba que “es dándose como el hombre recibe”, y si privamos a la libertad humana de esta perspectiva, si el hombre no se esfuerza por llegar a ser un don para los demás, entonces esta libertad puede llegar a ser peligrosa” (Cruzando el umbral de la esperanza).



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