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Promoviendo la unidad y la fraternidad universal

Que todos seamos uno, y trabajar juntos en la construcción de un mundo mejor empujados por la oración a Jesús, es la finalidad de los focolares, un movimiento eclesial católico abierto al ecumenismo, que tiene como compromiso la construcción de relaciones fraternas entre individuos, pueblos y culturas.
Presente en más de 180 países, comprende la formación de adultos, niños y jóvenes; y precisamente enmarcados en estos últimos, realizaron durante el pasado fin de semana un curso para formadores, personas que están en contacto con niños y adolescentes para compartir experiencias, enfrentar juntos los retos y acompañarles en su formación integral.
Agostino Spolti y Encar Javaloyes, Representantes de los Focolares a nivel Internacional por los jóvenes, señalaron que esta actividad se realiza como un trabajo en equipo por los muchachos.
“Los primeros responsables de la formación son los mismos chicos; en el curso vamos a tratar las características de una persona que se forma dentro de los focolares, cómo se relacionan, cómo acogen, cómo dialogan y cómo son testigos del amor de Dios”, señalan.
Representantes de Guatemala y Costa Rica participaron de este curso, en el cual no solo había niños y jóvenes católicos, sino de otras denominaciones religiosas, ortodoxos, anglicanos, pues el movimiento es ecuménico, precisamente para mostrar amor sin importar creencias.
En ese sentido, tratan de que haya un verdadero sentido de pertenencia, cuidando no tocar temas con los que alguno de los muchachos no se sientan identificados.
“Ellos se sienten llamados también a la unidad; entre ellos el compartir como una familia es posible. Son los adolescentes los que nos ayudan a descubrir que el camino ecuménico empieza con la vida”, destacan.
Desde sus primeros años, los niños son formados en el amor y a medida que van creciendo su espiritualidad se fortalece en valores que desarrollan en todos los ambientes, escuelas, parques, y en sus mismos hogares.

Jóvenes y niños, presente y futuro
Trabajos en grupo y dinámicas se vivieron en este taller. Fue impresionante escuchar el desenvolvimiento de los niños y adolescentes en temas como amor al prójimo, la justicia, el perdón y el cuidado del medio ambiente.
Desde pequeños conocen las realidades de quienes tienen, y quienes no tienen nada; del valor del respeto, la tolerancia, y el servicio a los demás.
Sin palabras dejó la intervención de un pequeño de 7 años, quien con dolor habló de la situación que viven nuestros hermanos en Venezuela… “Mi mamá me mostró anoche un video en el que se ve cómo la gente, niños y niñas como nosotros, están muriendo a causa de los gases tóxicos y la dura situación que se vive en ese país; quiero pedirles que recen por ellos”, dijo el pequeño.
Otra jovencita habló de sus aspiraciones profesionales, diciendo que quería estudiar para poder viajar y ayudar a los niños en África y Haití, “esos niños que sufren y no tienen ropa, ni comida”, detalló…
Sin duda alguna, la formación que brindan los focolares cala fuertemente en el interior de estos jóvenes, y sirve como base para que ellos mismos tengan la habilidad y el desenvolvimiento, guiados por Cristo, para formar a otros.

Un estilo de vida que cambia
Erasto Espino inició en el movimiento de los focolares cuando tenía apenas 16 años. Hoy con 46 cumplidos, siente orgullo de seguir firme en el movimiento como uno de los responsables de la formación de los jóvenes.
Él relata que llegó al movimiento buscando algo que le diera sentido a su vida. Asistía a la parroquia de Santa Marta y fue invitado a una actividad, en la cual escuchó el testimonio de una joven, un testimonio que cambió su vida.
“Era una muchacha de Costa Rica, una joven como yo, que hablaba con mucha pasión, con tal entrega del amor de Dios y al prójimo, del evangelio… eso me impactó”, alega.
Agrega que un par de días después aceptó la invitación para participar de un encuentro de focolares y tal fue su sorpresa, cuando se encontró que ahí todos tenían la misma espiritualidad de aquella muchacha.
“No era solo ella, era un pueblo, un grupo de personas de todas la edades, monjas, religiosos, sacerdotes, y personas de otras religiones que vivían felices y plenos”
Espino relata que fueron los gestos de servicio y compañerismo los que terminaron de convencerlo, más que cualquier discurso que le dieran de Dios. Hoy con alegría y entrega trata de pasar ese mismo espíritu a los jóvenes a través de una formación bien trabajada y basada en su realidad. Con tres hijos formados bajo estos valores, siente la alegría de pertenecer a este movimiento.
“Ellos son jóvenes normales, con sed de cosas buenas, metidos en la tecnología; es una nueva generación, sin embargo tratamos de transmitirles la fe para que la vivan en lo cotidiano, prestando sus juguetes, lavando los trastes, haciendo sus tareas; es entrar en su mente y en su corazón mostrándoles la experiencia de Dios”, dice.



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